miércoles, 8 de octubre de 2008

Santa Rosa

Leopoldo era un joven como muchos: asistía a la universidad, le gustaba jugar futbol en la selección de su escuela, salir al cine con su chica y divertirse con sus amigos. Su novia Andrea era una joven dedicada al estudio, de las más aplicadas de su clase, con la cual tenía una bonita relación que parecía estar próxima al siguiente paso: el matrimonio.

Tanto a Leopoldo como a Andrea les gustaba viajar en el coche de él, los viajes fuera de la ciudad eran costumbre cada fin de semana y a veces se entretenían tanto en estos que regresaban a León hasta altas horas de la noche. Usualmente visitaban Guanajuato, Celaya, Querétaro, Irapuato, San Miguel de Allende pero siempre les encantaba viajar a Dolores Hidalgo, tomar una nieve, pasear en el jardín y regresar hasta el anochecer. Sus padres continuamente les advertían que no era conveniente viajar a esas horas, sobre todo por que para regresar de Dolores tenían que pasar por la carretera de la Sierra de Santa Rosa que por las noches está más que desierta. Pero al ser ellos jóvenes responsables sus padres nunca quisieron prohibírselos.

En los últimos días había mucho revuelo en el estado a causa de la inseguridad por el narcotráfico, se rumoraba que incluso se estaban escapando reclusos de las prisiones, drogadictos de centros de rehabilitación y hasta los locos del hospital San Pedro. Pero las noticias también decían que sólo las ciudades como Celaya o León eran en verdad peligrosas.

El viaje en esa ocasión fue malo y a cada momento se inclinaba a ser peor. En la mañana la compañía eléctrica suspendió el servicio en casa de Leopoldo y perdieron más de tres horas en lograr que los trabajadores de dicha empresa reconectaran el servicio. Luego el automóvil comenzó a fallar y por más que Leo intentaba encenderlo no lograba mantener la marcha. Por último Andrea tuvo un imprevisto con la familia por lo que terminaron saliendo de la ciudad hasta ya avanzada la tarde.

En el viaje no hubo mayores contratiempos y al llegar a Dolores olvidaron el mal rato, comieron en un buen restaurante, compraron una nieve en el jardín y se sentaron a disfrutar de la alegría del lugar. El tiempo pasó volando y cuando decidieron regresar a León era casi media noche. El coche encendió sin problemas y partieron tranquilamente por la carretera de Santa Rosa. Estaban ya cerca de Guanajuato cuando el automóvil se apagó y Leopoldo mediante una maniobra un poco forzada logró estacionarse a un lado del camino. Por más de una hora estuvo jugando con el automóvil hasta darse cuenta que el tanque del combustible estaba vacio, Leo decidió que lo mejor era llegar a Guanajuato a pie, ir por gasolina y continuar con el viaje; sólo era como una hora caminando y podría regresar con un taxi por si el auto no encendía, además era imposible llamar a alguien pues en la sierra ni el celular de Leo ni el de Andrea tenían señal.

Andrea llevaba tacones además que era probable que el viaje fuera muy cansado para ella por lo que Leopoldo le pidió que se encerrara en el coche, callada y tranquila, él no tardaría más de una o dos horas en regresar. Empujaron el coche en medio de los arboles tratando de ocultarlo y Andrea se encerró en él, intentando dormir un poco, Leo se despidió con ademán de un beso.

Ella despertó un par de horas después, revisó su reloj y confirmo que Leopoldo llevaba ya tres horas lejos. Decidió que lo mejor era esperar en el coche como él le había dicho y trató de volver a dormir. En ese momento se dio cuenta de un ruido, probablemente era lo que la había despertado. Sobre el capo del coche se escuchaba un pequeño thomp thomp, thomp thomp como una especie goteo. Ella se sentía intranquila pero no quería salir del coche, por lo que se acurrucó lo más posible, escondiéndose en el suelo del automóvil y tapándose con su chamarra. Pasaron diez, veinte, treinta minutos en los que Andrea no lograba concentrarse en dormir, esos incesantes golpecitos en el techo del auto no la dejaban pensar en nada más… Una hora, dos horas y el thump, thump a momentos parecía más intenso, a veces parecía haberse detenido completamente. Andrea no consiguió dormir ni un solo momento, ni siquiera podía tranquilizarse, sólo esperaba que Leopoldo llegara pronto. Comenzó a amanecer y asomándose por la ventana, ella pudo observar muchas patrullas que se encontraban cerca del coche. Oficiales de policia se encontraban con sus armas apuntando hacia el coche, eran por lo menos cinco patrullas y unos quince policías. Andrea no entendía lo que sucedía, todo parecía tan surrealista.

Un oficial se acercó a la puerta del automóvil y con tres ligeros golpes a la ventana llamó la atención de Andrea, ella un poco temerosa abrió la portezuela y el agente amablemente le pidió que saliera, se acercara al grupo y que por favor no mirara hacia el coche. Ella salió un poco ofuscada, caminó de manera tranquila hacia la patrulla pero en el último momento volvió la mirada y vio a un sujeto con los ojos inyectados de sangre, golpeando el techo del auto con la cabeza de Leopoldo, que había sido arrancada del resto de su cuerpo.

Basado en la leyenda urbana (The boyfriend’s dead)

2 comentarios:

Pequeña Saltamontes dijo...

La introducción se me hizo tipo documental de sexo con Troy McClure.

Fuera de eso, me gustó la manera en la que cuentas la historia, aunque parece un poco forzado el por qué salen tarde ese día y parece artificial que el auto falle.

Una versión personal muy buena :)

Wikernes dijo...

Es la primera historia en la que leo que la protagonista se comporta de forma prudente.

Me recordó un par de cosas: en una ocasión recibí uno de esos correos basura (alias cadenas) que narraba la historia de una chava normal que se fue de fiesta y no bebió, pero al salir la atropelló un borracho; y por otro lado, un blog que leí hace unos cuatro años... hasta ahora no he vuelto a localizarlo, pero eran solo relatos snuff, gore, zoofilia y cuanta temática bizarra puedas y no imaginar. ¿No es suficientemente bizarro aún? El propietario del blog era una chavita.