sábado, 28 de junio de 2008

Malos ratos

Necesito una relación no un compromiso, me dijiste, que sí lo quería podríamos llegar a todo, a la cama, a la sala, a la bañera y hasta a la calle; que lo haríamos a cada momento, que lo haríamos como yo quisiera, que lo haríamos a tu estilo, a nuestros ritmos, que seríamos como dos conejitos uno arriba del otro, que podríamos salir a pasear, al cine, prestarnos libros, ver unas películas en casa, comer juntos, como si fuéramos… No, esa sería la condición, nada de esas cosas tan cursis, tan pinchurrientas y sobretodo por que la condición de nuestra relación sería esa, yo tendría lo que quería: a ti, y tú querrías lo que querías, lo bonito de la vida sin el costo que ella pide.

Yo no pude más que aceptar impacientemente, tenía esa urgencia de estar en tus brazos, de sentirme parte de ti, de saber que cada uno de mis besos es un te amo que sólo de esa manera podrías escuchar. Que el estar contigo en la cama, acariciándote, velando tu sueño, que aún cuando no me dieras explicaciones, que aún cuando todo podría ser una simple calentura de tu parte, que aún cuando no me quisieras yo te tendría, de una u otra manera. Pero las cosas no se quedan intactas, nunca lo hacen.

Cuando uno tiene un poco, con el tiempo quiere más y no sólo eso, sino que te sientes en tu derecho, de pedirlo, de exigirlo, de saber que es lo que quieres en que momento y que no aceptarás un no por respuesta. Pero en esta clase de cosas, esos caprichos no funcionan. Menos cuando uno llega a olvidar cual es la parte más débil.

Nunca hubo un contrato de exclusividad, podíamos salir con quien nos diera la gana. Yo por mi parte lo intenté un par de veces, cuerpos agradables, bellos que realmente encendían mis pasiones mundanas, pero falta algo, tu olor, ese sabor, el probar lo que sólo tu piel puede ofrecer. Sin embargo a ti eso no te afectó. Siempre hubo esa otra persona, a la que tenías antes que a mí. La que te hacía hacer locuras, con la que tu tono de voz llegaba al límite entre el sexo puro y el amor. Y yo no pude hacer nada.

De repente tu mirada cambio, cada vez era menos frecuente cuando aceptabas verme. Cada noche era más corta que la ocasión anterior. Cuando un orgasmo había durado tres días ahora sólo duraba dos segundos. Comencé a preocuparme pero me negué a perderte, a saber que lentamente te estaba perdiendo, que probablemente esas tonterías cursis, del amor y otras futilidades las habías encontrado en otro lecho.

Pero como el agua del río cuando la corriente no se detiene, fue imposible modificar el curso. Dicen que uno no puede cambiar el curso de las estrellas, yo no pude hacerlo con las tuyas. Quisiera que el camino estelar hubiera sido iluminado por todo el cielo rumbo a mi casa. Que un día te dieras cuenta que juntos podemos hacer un hogar. Pero al parecer sólo me queda seguir como esta noche, vertiendo lágrimas, una tras otra, llenando la cama de esa capa cristalina que te espera a ti, para decirte que te amo, que no puedo estar sin ti, que realmente jugué tu juego, pero me gustaría que jugaras el mío.

Todo esto es una lástima, si tan sólo te lo hubiera dicho

Supongo que ella sí se atrevió... Creo que no hay algo más horrible que saber que el hombre al que amas está en este momento haciéndole el amor a otra...

viernes, 27 de junio de 2008

Después de un tiempo

Cada cierto tiempo en que uno se detiene por un momento de la vida cotidiana y se da un día para no hacer, para sólo ser y por lo tanto pensar, pensar y luego existir. Cuando tienes un día así, donde no te bañas por que no sales a la calle, por que tienes todo lo que necesitas en tu casa y lo último que quieres es alterar el ritmo de la suave y sabrosa elucubración. Justamente en esos momentos que la mente está tranquila, que el cuerpo está relajado, que millones de trabajadores en el mundo quieren disfrutar, en esos momentos es cuando suele aparecer la crisis. La crisis de los veinte, de la adolescencia, de la segunda adolescencia, del antes del matrimonio, del matrimonio, de después del matrimonio. A veces pareciera que nuestras vidas en lugar de dividirse en etapas deberían dividirse en crisis, en cuantos obstáculos has superado para llegar hasta donde estás. Pero son precisamente esta clase de cosas las que le ponen el sazón a la vida.

Mi crisis como la de todas las personas, es demasiado personal, pero no al grado de no contarla, sino al grado de la incompresibilidad. ¿Alguna vez alguien te ha contado su historia triste? Apuesto a que sí, a que lo ha hecho. Pero también apuesto a que cuando era una situación completamente ajena a ti, que no tuviste ninguna identificación, te frustró el no sentir la angustia y ganas de llorar como a veces sucede cuando escuchas tu propia historia triste en los labios y la historia de otra persona. Por eso las crisis y los dolores son personales, únicos e intransferibles. Bastante incomprensibles. El típico “Yo te entiendo” viene a ser un mito urbano.

Regresando a Mi tema, hablaba de mi circunstancia, en un intento de salvarla, pues si no la salvo a ella no me salvo a mí mismo. La circunstancia es básica, simple y fácil de entender, por lo mismo de las más difíciles de resolver: estoy solo y eso me hace sentir mal. Problema cíclico, debo decirlo, cada dos o tres o cuatro o cada cierto tiempo recuerdo que estoy solo. Que no tengo amigos, que me molesta estar con mi familia, que en el Internet ya no le hablo a nadie y que, probablemente lo peor de todo, siempre estoy buscando a esa mujer en la cual basarme para que mi vida gire en torno a ella y a la vez, no estoy cómodo con ninguna de las que salen a mi encuentro.

Hace tiempo pensé que todo era el miedo, que tenía miedo de las personas, de lastimar y ser lastimado, de sentirme vulnerable, de que mi agresividad innata se desbordara y alguien que viera en mí un amigo sincero terminara siendo herido por no tener yo el tacto para tratar a las personas. Me aterraban las fiestas, los convivíos, el alcohol, los cigarros, las mujeres, los hombres, el estar a la vista de todos. Pero todo eso fue fácil de librar con simples esfuerzos de día con día.

Pero el miedo no es, ya lo he superado, aprendí a hacer el ridículo, a ser el payaso del salón, a que realmente me valga madres el que piensen de mí, que si me toco aquí, que sí hablo de eso, que si esto que si lo otro. Pero el problema sigue, sigo sin amigos, sin verdaderos amigos, sigo sin la mujer con la que quiera estar más de cinco minutos e irremediablemente cada vez son más largas las temporadas en las que estoy completa y absolutamente solo. El problema no es el miedo, ese es un obstáculo que es fácil vencer. El problema es la costumbre. Cuando uno se acostumbra todo está jodido, el querer evitarla, el querer decir “mañana mismo saldré haré un verdadero amigo (o me reconciliaré con uno de los que tuve) y todo será diferente” o tal vez “está chava me gusta, con tranquilidad y en el momento adecuado le diré que si quiere ser mi novia y todo será miel sobre hojuelas”, esa clase de frases, en mi vocabulario son como un “voy a dejar el cigarro en un día”, “claro que puedo vivir sin Internet”, “el sexo está sobrevaluado” Es decir, un vicio no sale tan fácil.

Y así es, estoy viciado, la costumbre y el gusto por estar solo, por realmente estar solo y no ser recordado por nadie. Todas las personas que me rodean, tienen fotografías, nombres, teléfonos y amigos que duran años y años y que probablemente morirán “junto con ellos” y ¿yo? Yo la tengo a ella, mi amada, la soledad. Y es lo que me queda, el saber que está ella, que nunca estoy realmente solo por que siempre estoy conmigo y el triste saber que no necesito a nadie más. No sé por que entonces me empeño en querer cambiar todo eso. Buscándote a ti.

viernes, 16 de mayo de 2008

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Ayyyyyy, que viene subiendo, que viene bajando, que se acerca que se acerca, mira mira para allá y si el miedo te domina, piensa en la serenidad que la vida ya te acecha, pero no te debes preocupar pues la suerte te protege, la perra y la buena, ambas tu espalda cubrirán, cuestión de estar tranquilo, de sentirse un poquito sólo un poquito como es la vida, la vida simple, la vida triste, la perra vida, la vida de mierda, la vida excelsa, la vida pura, la impura, la pinche vida y esta vida tan chingona. Que te hace sentir, que te hace pensar, que te deja existir y que por siempre te va a vivir.

martes, 13 de mayo de 2008

Clara (esta es una historia real)

Esta es una historia real, le sucedió a la amiga de una amiga, Clara. Ella era una muchacha aparentemente ingenua, pero realmente taimada. Toda su vida clara vivió bajo la sobreprotección de su madre, ella no la dejaba salir a la calle, no la dejaba tener amigos (varones), no la dejaba sola un segundo y siempre se preocupaba por ella. Clara veía esto como algo bueno, pues sus padres nunca se casaron y su madre venía a suplir la gran falta de una imagen paterna. Pero la niña no podía ser siempre una niña y al llegar a la adolescencia comenzaron los problemas. Su madre no la dejaba salir con los chicos, siempre tenía miedo de que su hija pudiera embarazarse como ella lo hizo a los 17 años. Por eso le prohibía todo, cuando una vez fue a recogerla a la escuela y vio que su hija tomaba de la mano a un chico de su salón, la madre hizo tal escándalo por ello que estuvo a punto de golpear al joven, además de castigar a su hija por un año sin mayor salida de su casa que a la escuela.

Pero como siempre, el tiempo pasa y las cosas cambian. Clara pasó la adolescencia odiando a su madre, a su vez sentía la terrible necesidad de llenar el vacío de una figura paterna en cualquier hombre que encontraba. Comenzó a escaparse de la casa en las noches o salirse de la escuela para tener amigos. Conoció el Internet y tuvo más amigos. Lo que Clara no sabía es que todos sus amigos deseaban una cosa común: sexo. Ella era esa clase de muchacha regordeta, de ojos grandes, morena (de ese moreno que no es muy apreciado) y con una autoestima tan baja como sus estándares. Pero ella necesitaba sentirse amada, por ello comenzó a frecuentar a más y más hombres, con cada uno de ellos comenzaban a juguetear, pero ella quería seguir siendo virgen. Comenzó a entender que el sexo no sólo se práctica como dios manda, es decir, que bien podía ofrecer su boca o su trasero para complacer a un hombre y mantener sus genitales intactos. Así que eso fue lo que hizo, comenzó a practicar sexo oral y anal con cuanto hombre se interesaba en ella. Cada que entraba en la cama de alguien y lograba satisfacerlo sentía como si la amaran, cada orgasmo de sus parejas eran para ella como un gran “te amo” hacia él. Se sentía lo máximo cuando uno de sus hombres llenaban su trasero con un gran orgasmo, era como si el semen que entraba llenara todo el vacío que tenía ella adentro. Su madre nunca se enteró de esto. Sus hombres nunca la amaron en realidad, sólo la consideraban una bolita para dar placer.

Pero Clara siguió así, se sentía mal pues sabía que no era amor verdadero, pero cuando un hombre (algún alienado que pensaba que ella era bonita o interesante) se le acercaba, ella lo lastimaba para que no volviera a pensar en ella. Deseaba amor, pero no sabía como manejarlo. De cualquier manera, Clara creció y termino una “carrera” técnica de esas de dos años y comenzó a trabajar. Dejó la casa de su madre, diciéndole cuanto la odiaba y que no quería volver a verla. Pero su necesidad de amor se incrementó. En esa época comenzó a usar minifaldas, pantalones ajustados, blusas con grandes escotes, medias, pantimedias, maquillaje, todo para seducir a un hombre, es decir, era una puta fina, por lo menos ella se sentía una puta fina. Claro, ganó muchos más amigos, que se pasaban un buen rato con ella, pasaban por su culo (por que quería mantener su himen intacto para el matrimonio) y luego se iban sin mirar atrás.

Ella se había fastidiado de su vida, de coger y vivir y seguir cogiendo sin mayor razón, su rutina diaria era salir de su casa, viajar en metro al trabajo, cubrir su turno y luego buscar con quien fornicar para volver a dormir. Aunque era muy popular pues decían que su trasero era un regalo de dioses, ella se sentía nada. Fue precisamente uno de esos días, en su viaje por el metro cuando su vida cambió.

Ella había notado que un hombre la veía desde el fondo del vagón, el tipo vestía sucio, sin rasurar y aparentemente bajo influencia de alguna sustancia alucinógena, pero no dejaba de mirarla. Clara estaba nerviosa, no sabía que le incomodaba más, el que ese día el metro estuviera casi vacío (además de ella y el hombre extraño sólo estaban dos personas más en el vagón), que se le hubiera ocurrido ponerse la minifalda más pequeña que había podido encontrar (dejando ver su trasero, adornado con una tanga de hilo dental) o que el hombre no dejara de mirarla con lascivia. Dos estaciones más adelante el vagón estaba completamente vació cuando ella sintió el filo de una navaja en su espalda “te bajas conmigo ahora o te mueres” le dijo el hombre, ella no tuvo más remedio que acompañarlo.

Todo sucedió en el baño, en uno de esos baños horribles de las estaciones del metro, él no le pregunto, la arrojó en uno de los cubículos, la besó, la mordió y rasgó sus ropas sin que ella pudiera evitarlo y cuando estaba a punto de violarla, ella le suplicó “por favor, en la vagina no, hazlo por el culo”. Creo que el hombre era de aquellos que se existan más con el sexo oral, pues en una violación, eso es aún más salvaje. El tipo la penetró frenéticamente alrededor de unos quince minutos, sintiendo como desgarraba con cada envestida las paredes anales, mientras Clara se sentía destrozada psicológicamente. Después de una eyaculación y un “si hablas te mato” el hombre la dejó ahí, en un sucio cubículo de un baño del metro, sangrando por su recto.

Está es una historia real, le sucedió a una amiga de una amiga, Clara. Ahora ella se dedica a viajar en metro de forma frecuente, siempre con una minifalda que deje ver por lo menos la mitad de sus nalgas. Aprovecha las horas casi solas para buscar hombres que se sientan desesperados por su cuerpo, que lleguen a pensar en violarla con tal de tener su culo. Cuando eso pasa y terminan “forzándola” en los baños de alguna estación, ella llora, pero no de dolor, en realidad es felicidad. Dice que siente como si el amor le entrara de tal manera que doliera, pero dolor sabroso.

viernes, 25 de abril de 2008

Armando (Esta es una historia real)

Esta es una historia real, le sucedió a un amigo de un amigo, Armando. Armando era callado y tranquilo, tenía una personalidad a punto del síndrome de Aspergen, es decir, era demasiado introvertido. Este detalle de su forma de ser lo perturbaba demasiado, tenía pocos amigos con los cuales salir, dependía demasiado de su madre para hacer sus labores escolares, se podría decir que tenía un apego demasiado fuerte hacia ella. Lo que pasa es que cuando Armando era pequeño sus padres tuvieron una gran pelea, su padre estaba tan furioso que salió a la cochera, subió a su auto y no volvió nunca más, de esto pasaron nueve años pero su hijo ya casi no recuerda haber tenido una figura paterna.

Armando era un estudiante modelo, muy bueno para las matemáticas, las ciencias y la escritura. Le encantaba leer todo lo que llegaba a sus manos, desde revistas para niños, hasta la literatura universal, compendios de Química y Física, entre otras cosas. Se pasaba la vida leyendo. Sus intereses en actividades extracurriculares eran limitados, pertenecía al equipo de ajedrez y le gustaba hacer proyectos de ciencias, pero no era muy dado a socializar, los que eran sus amigos, se podría decir que compartían con él ciertos momentos, por ejemplo al hacer la maqueta del sistema solar para la clase de Física, sin embargo, fuera de la escuela nunca los veía.

Pero así era él, le costaba trabajo hablar con las demás personas, prefería los libros, sinceros y accesibles. Sólo había un detalle que le incomodaba, se llamaba Rosa, rosita de cariño y era la niña más linda que él había visto jamás. Era dos años mayor que él y nunca lo había volteado a ver, tal vez sólo una vez donde lo vio con un dejo de compasión cuando era molestado por los bravucones de la escuela, pero él siempre tuvo la duda de si era a él a quien miraba. A pesar de eso le gustaba, solía escribirle poemas y recitar otros que había leído pensando en ella, pero no se atrevía a confesarle lo que sentía.

Un día al maestro titular de su grupo se le ocurrió que sería buena idea que Armando saliera de viaje con sus compañeros, se organizaba un viaje a “los azufres” con fines recreativos y él pensó que era bueno que el joven saliera con el grupo (formado por estudiantes de varios grados escolares), se distrajera de la escuela e incluso se divirtiera, tal vez hasta hiciera amigos. Habló con los padres del chico, quienes se mostraron totalmente de acuerdo, prepararon sus cosas y el día indicado fueron a dejarlo al autobús que la escuela había rentado para el viaje.

En el mismo irían dos maestros y un grupo de aproximadamente treinta adolescentes. Armando estaba asustado y emocionado, pues nunca había salido de viaje, mucho menos con intenciones recreativas. Sobretodo estaba demasiado entusiasmado por que rosita estaba ya en el autobús cuando el subió. Le tocó justo en el lugar detrás de ella, junto a un joven que platicaba eufóricamente con otros que probablemente eran de su grado. Armando permaneció callado durante todo el viaje, contemplando a la niña de sus sueños. No podía creer que estuviera tan cerca de ella. Aunque ella no lo notara.

En el campamento se establecieron dos clasificaciones, una los grupos diurnos y la otra los nocturnos. Los primeros eran grupos mixtos de cinco chavos y chavas que pasarían los días juntos desde la mañana hasta las ocho de la noche. Los otros eran grupos de cuatro personas del mismo sexo, que compartirían casa de campaña. En el grupo de la noche a nuestro joven protagonista le tocó precisamente con dos de los jóvenes que gustaban de molestarlo y otro, uno de los más grandes que parecía no importarle nada más que su propia diversión y estar con las chicas. En el grupo del día, le había tocado con otro joven de su grupo con el que casi se hablaba y tres jovencitas, entre ellas Rosa.

Esa tarde, después de la creación de los grupos y establecer el campamento, todo el grupo comió abundantemente, luego los maestros dieron la indicación de que eran libres de hacer lo que quisieran hacer durante el resto de la tarde, siempre que permanecieran con su grupo diurno y a las ocho de la noche, se juntaran en las casas de campaña con el nocturno. Rosita y sus amigas, decidieron que lo mejor sería dar un paseo caminando para conocer el lugar y bajar la comida, los dos jóvenes estuvieron de acuerdo y todos juntos partieron a recorrer los alrededores del lago.

La luz del sol estaba ya extinguiéndose en el horizonte cuando decidieron regresar, más para su sorpresa, los dos jóvenes que formaban parte del equipo nocturno de Armando, los que gustaban de molestar a los demás estudiantes, llegaron con ellos. Dijeron que iban por el joven de su grupo, pero al ver a rosita y a las otras dos chavas, decidieron que sería mejor conocer a sus compañeras un poco, una de ellas se lanzó a correr, junto con el joven del grupo de Armando, los dos bravucones decidían si perseguirlos o no, pero al ver a Rosita y a su amiga tan lindas, decidieron que podrían hacer de las suyas.

Uno de ellos tomó a la amiga de la mano y ella, un poco temerosa caminó junto con él, el joven sólo buscaba divertirse, pero nunca pensó que a ella en realidad le gustaba él y por eso lo acompañó al bosque. El otro miro a rosita de arriba abajo y luego a Armando. Le dijo que era un gusano y que debía de irse, pero él joven a pesar de ser más pequeño que el abusivo, no se movía. Vete, si no quieres que te rompa la cara, le advirtió, pero Armando no podía dejar a la niña que quería con él a solas. El bravucón no espero más y lo golpeo en el rostro, tirándolo al suelo y siguiendo su camino hacia la joven. Ella estaba a punto de llorar, de gritar, tenía miedo y no quería ser victima de aquel sujeto.

Cuando estaba a punto de tomarla por la fuerza, el joven sintió que Armando se abalanzaba contra él y tratando de retomar el equilibrio ambos cayeron al lago, él cual estaba tan lleno de hierbas silvestres que era imposible el caminar, nadar y difícilmente podía uno permanecer de pie. No se metan al lago, habían dicho los maestros, pero ahora a Armando eso no le importaba, no podía perdonar a alguien que quisiera hacer eso con Rosita, por lo que asestaba golpes desesperados en el cuerpo del otro joven, mientras trataba de esquivarlo, ambos se iban metiendo más y más al lago, alejándose de la orilla. Por más que Rosa gritaba, ellos seguían enfrascados en su pelea.

Ese día, a las 9 de la noche todo el campamento estaba reunido, pero no para dormir, estaban discutiendo que debían hacer pues después de que hubo quejas de ciertos jóvenes, famosos por molestar a los demás y la posterior desaparición de uno de ellos y de un tal Armando, un joven bajito y callado, estaban pensando en que hacer, si llamar a sus padres, a la policía, a los paramédicos o buscarlos por su cuenta.

La búsqueda fue larga, sobre todo por que se tuvo que buscar en medio de la noche por todo el lago. A las tres de la mañana todo había terminado. El joven abusón estaba completamente hinchado, al parecer había muerto ahogado dentro del lago, probablemente por haberse enredado con alguna de las plantas marinas, además de presentar marcas de una pelea, posiblemente con Armando, pero de este último no se había encontrado nada. Por más que se buscó esa noche y al día siguiente y por toda una semana, no apareció nunca el cuerpo del joven, al cual Rosita nunca pudo agradecerle su valor.

Esta es una historia real, le sucedió al amigo de un amigo Armando. Dicen las personas que han salido de vacaciones a “los azufres” después del fatídico accidente que cuando una pareja decide hacer de las suyas e ir al bosque los dos solos, aparece una pequeña figura que los observa vigilante, si de casualidad el hombre se quiere propasar, la figura entra en acción. Dicen que más de una vez ha salvado a alguna joven de ser violentada. También dicen que es Armando, que sigue vagando por esos rumbos, los jóvenes que gustan de estar con las muchachas tienen miedo de toparse con él y terminar en el fondo del lago.

Bichos nocturnos

Tengo una pareja nocturna, ha estado acosándome por tres noches seguidas, no sé que vio en mí o en mi cuarto o en mi compañía, pero ahí está, en mi habitación, dando vueltas y vueltas por ahí, molestándome a cada momento y por más que intento que se vaya no lo entiende. Lo descubrí, pequeño y casi indefenso volando a mi alrededor, se acercaba a mí como un cordero asustado, pero yo sólo pensaba en que no fuera a picarme ¿qué culpa tiene él de ser mosquito y gustarle la sangre? Pero no mi sangre no, podríamos ser la simbiosis perfecta si tan sólo no me molestara la comezón, pero la hace, por ende me molestan las ronchas y por lo mismo me molesta el que el mosquito siga en mi cuarto, dando vueltas y vueltas esperando para velar mi sueño. Tengo que aceptarlo, no me siento solo cuando está él, pero hace tiempo que no me sentía solo, es curioso, siento como si tuviera un nuevo amigo, un nuevo amigo cuya amistad es tan dañina para mí que me saca ronchas. Pero ahí sigue y no puedo correrlo, por una parte no quiero hacerlo, no es justo para él, por la otra, no puedo, es tan pequeño y tan escurridizo que a cada momento me sigo preguntando si él seguirá por aquí. Luego vuelve a aparecer, si los mosquitos pudieran sonreír, él me sonreiría diciendo “no te desharás de mí” y comienzo a creer que eso es verdad, lo intenté, noche tras noche lo intenté pero no quiere dejarme. Lo maté la primera noche, lo mate la segunda noche, está tercera incluso lo mate tres veces y en una de ellas pude ver su sangre derramada en mis manos (que probablemente primero haya sido mi sangre). Creo que tendré un compañero nocturno por mucho tiempo, un paradigma volador que no me dejará en paz toda la primavera. Serán unas noches entretenidas.

martes, 8 de abril de 2008

Jumper

Llevo más de quince minutos corriendo y esto no parece terminar nunca. Lo sabía, desde un principio lo sabía no debí meterme en esto, pero todo iba a ser fácil dijeron, un par de entregas y los 50, 000 serían míos más rápido que el aleteo de una mosca. Ahora yo soy la mosca, tratando de volar entre paredes y ventanas. Sólo que a esta mosca la persigue un gran insecticida. ¿Cómo rayos me metí en esto? Lo sé bien, más no quiero recordarlo. Los siento tras de mí, cada que doblo a la derecha o la izquierda y hay una pared de más de dos metros creo que van a alcanzarme. Yo soy rápido, ellos son demasiados. Nadie dijo que lo encontrarían, nadie dijo que los malditos perros logran olerla a pesar del abono alrededor de ella, “les dará asco” me dijeron, pero no los malditos azules no le tienen asco a nada, más que a ellos mismos. Aún no sé como logre escaparme, sin esposas, sin heridas, sólo escuché llamar a los refuerzos mientras corría. Pero siguen tras de mí, he corrido por más de un cuarto de hora y siguen tras de mí. Puedo sentirlos, aunque ahora corra y trepe esa pared, sé que ellos seguirán mi rastro. Dicen que la única manera de perder a los perros es pasar por agua, así se pierde el rastro. Bien, en esta estúpida ciudad no hay agua. Sólo en las alcantarillas, pero no sé si llegaré. Tal vez si no me ven, tal vez si permanezco sigiloso o tal vez si sigo corriendo. Acabo de ver a dos que salían corriendo de un callejón a sólo veinte metros de mí. Creo que no me vieron o tal vez me vieron y sólo fingen para continuar con el juego psicológico. Todo es un juego de presionarme en exceso hasta que yo mismo me entregue. Eso les encanta a los polis. Pero yo no soy un criminal, era dinero fácil y yo vendí mi alma por ello. Claro que pensé que sólo sería un préstamo, que mi alma regresaría. Ahora no le pertenece a los narcos, no… ahora mi alma será de los azules. Los malditos puercos, puedo escucharlos oink oink, detrás de la siguiente pared. En cada brinco, en cada esquina, a cada vuelta, sé que habrá un puerco detrás de ella. No quiero saber lo que haré si me topo a uno. No, no ahora que sólo me faltan unos cinco minutos más. No podía evitarlo verdad. No vi a la patrulla que me seguía sino hasta que entré al callejón, tampoco esperaba a la que me cerró la otra entrada. Atrapado, entre dos coches, entre cuatro azules. ¿Qué haré ahora? Me dijeron que sería fácil, me dijeron que sólo era llevar un par de costales y todo sería fácil. Nunca mencionaron a los azules, no me dijeron que debía hacer en estos casos. Poco a poco se acercan, levanta las manos, me dicen, yo las levanto, tírate al suelo, me dicen y yo me tiro al suelo. Se acercan, puedo sentirlos, prudentemente, como con miedo, dos por detrás, dos por delante. Se acercan más y más y cuando creen que me tienen, me levanto de un salto, paso entre dos y sigo corriendo. Intentan atraparme con sus manos, pero soy tan rápido como un puma, paso entre ellos y no pueden hacer nada. No logran atraparme, no lograrán golpearme y no pueden dispararme. Seré libre, correré y me esconderé en las alcantarillas o tal vez más lejos y lavaré mis pecados con los narcos. Seré libre y todo esto será una historia que nunca se volverá a contar. No, nunca se volverá a contar, por que lo siento, el frío, estoy sudando como un maldito puerco, me quieren convertir en uno de ellos, corriendo como puerco en matadero, bajo el sol, por toda la ciudad mientras me persiguen, es como el jueguito del cerdito engrasado y a pesar de todo lo siento, el maldito frío. Un frío, dos fríos, tres fríos. Todos entran desgarrando mi cuerpo por la espalda, es como un choque eléctrico, como un toque, como ponerte ebrio y tener un maldito mal viaje. Es como ser un maldito yunque, un martillazo, un portazo, un porrazo, se siente como si un maldito burro te golpeara las costillas. Uno tras otro y no se detiene y no me detengo. Llegaré a las alcantarillas, sé que lo haré, no importa si soy más pesado, no importa el plomo. Puedo vivir sin pulmones, puedo vivir sin corazón, no necesito las malditas tripas. Sé que llegaré, sé que llegaré a pesar de que me he tropezado, sé que llegaré a pesar de la sangre. Un pequeño charco, no es nada, podré volver a pararme. Este pendejo casi se nos pela, dicen los puercos, pero no saben que me levantare, que correré a las putas alcantarillas y seré libre. De nada les sirve tratar de ponerme una pistola en las manos, no dispararé, sólo tengo que levantarme y correr. Puercos les digo escupiendo la sangre, me golpean la cabeza. Este pinche empolvado, mira cuanto aguantó el puto, dicen. Pero no saben que yo seré libre. Pinches puercos, sus esposas no pueden amarrarme para siempre. Me les escapé a los putos azules. Soy libre. Como el viento que va por todas las esquinas. Soy tan pinche libre que podría cojerme a cada una de sus mujeres y no podrían hacer nada. Todo es cuestión de un salto. De un simple salto y todo habrá terminado. Un salto y nadie me verá más del otro lado. Un salto, un frío y húmedo salto rojo.