sábado, 16 de enero de 2010

Aroma


 Siempre he creído que soy una persona que no necesita saber donde está el promedio, estoy demasiado arriba como para preocuparme por ello. He logrado lo que he querido, tengo un doctorado en física, soy altamente reconocido en el país, gano más dinero del que mi mujer quisiera gastar, mis hijos no sólo heredaron mi inteligencia, sino que ya son autosuficientes sin siquiera haber terminado la carrera. Tal vez no tenga la fortuna de Bill Gates, pero les aseguro que mi CI es un par de decenas más alto.


Claro, ahora los que son psicólogos o los que ven muchos programas policíacos dirán que lo hice por mi complejo de superioridad, que necesitaba probarme que soy mejor que todos los demás. Siendo honestos lo hice por que estaba aburrido. La vida no ofrece grandes sorpresas a quienes lo tenemos todo. Por eso se inventaron las drogas, las luces fuertes, los autos deportivos y todas esos adornos que se hacen con oro. Es para que los ricos tengan algo con que entretenerse. Yo no soy rico, pero vamos, estaba harto de la rutina. Aunque, la vida siempre trae nuevas cosas.


Ella estaba vestida con el uniforme escolar, Gloria me dijo que se llamaba. Estaba nerviosa, pude sentir el sudor en la palma de su mano mientras me saludaba. Sus ojos eran demasiado expresivos y reflejaban su evidente nerviosismo, tenía las mejillas levemente ruborizadas, pero mantenía su barbilla elegantemente levantada, mientras su fina nariz paradójicamente respiraba de forma tranquila. Pero es que toda ella era una paradoja.


Cuando me invitaron a dar una conferencia a la preparatoria oficial sabía que no era una buena idea. Los jóvenes de ahora no quieren saber de física, no les importan las leyes que rigen la naturaleza, no quieren saber como funcionan las cosas. Todo se trata de comprar, de consumir, de ponerse ebrios, de tener con que y poder hacerlo. Todo es placer a corto plazo, libertinaje y nada de responsabilidades. Entonces va a venir el renombrado Doctor Sarabia y les va a hablar de la materia más aburrida y que además 3 de cada 4 alumnos reprueba, era obvio que era una empresa que no valía la pena realizar y que si no hubiera sido por el estúpido de Jiménez, director de la preparatoria y antiguo compañero de licenciatura no hubiera tenido que realizar.


Y ahí estaba la paradójica Gloria, esperándome al terminar la charla. Parecía tan inocente como cualquier chica de quince años. Me excitaba ver como su cuerpo sudaba al mirarme, como sus ojos se emocionaban por tenerme frente a ella y escuchar la forma en que me admiraba. ¿Cómo una adolescente (atractiva) de una preparatoria pública podría interesarse por la física? Eso simplemente no pasa. La cosa no pasó a más, le ofrecí mi autógrafo, intercambiamos un par de frases, el director llegó por mí para llevarme a desayunar y ni siquiera tuve la oportunidad de invitarla a mi laboratorio. Será para la próxima.


A decir verdad no fue como suele suceder. Conoces a una persona, la piensas por el resto de la vida, se convierte en tu obsesión, lo primero en las mañanas y lo último antes de dormir. Entonces lo piensas tanto que hay un momento en que te das cuenta en que nunca será para ti, que en verdad no te quiere, que la única forma de tenerla será matándola. A mí no me importaba tanto Gloria, al momento pensé que era linda, que era rara y que quería tener sexo con ella. Para después del desayuno lo había olvidado. Es cierto que me había impresionado, pero tenía muchas ocupaciones diarias como para seguir preocupado por eso.


En pocos días tenía el congreso en la ciudad de Monterrey, estuve preparando mi material toda la tarde. Mi mujer había salido a hacer las compras, mis hijos haciendo cosas de jóvenes, la verdad no importaba, todos sabían que necesitaba la casa a solas para trabajar. Eran cerca de las cuatro cuando decidí tomar un descanso en la terraza de la playa. Estaba tomando un vaso de vino tinto y disfrutando de uno de mis cigarros cuando la vi. Iba corriendo por la orilla de la playa en solitario, con un pequeño short deportivo, una blusa blanca que resaltaba sus juveniles y nada despreciables formas, llevaba audífonos y parecía absorta en su carrera. En ese momento me di cuenta que tenía que hacer algo: O me la cojo o la mato, pero algo hay que hacer.


Discretamente corrí detrás de ella, esperando que no resultara demasiado extraño que un doctor respetado y en mi edad corriera tras una jovencita. Pero bueno, la toqué en el hombro y ella se sobresaltó, por un momento hizo un gesto como de querer golpearme, pero me reconoció.


— Me sacó un susto de muerte. Mire que venir a encontrarlo aquí.

— Lo siento, no era mi intención, sólo que te vi pasar por aquí y quería saludarte, pero vaya que estás en buena forma, me costó trabajo alcanzarte.

— No se preocupe Doctor Sarabia, al contrario, es un gusto saludarlo. Aunque, ¿qué está haciendo usted por aquí? Yo suelo venir por aquí por que suele estar muy solo, muy tranquilo.

— Ah, es que precisamente vivo en esa casa, aquella terraza. Estaba descansando un poco después de preparar los últimos detalles para el congreso de física en la ciudad de Monterrey. En eso te vi pasar y quise saludarte, no todos los días uno conoce a una chica tan joven que le entusiasme la física.

— Gracias por el halago, pero no creo ser tan especial. Rayos, me hubiera gustado ir al congreso, por más que intenté juntar suficientes chavos para un camión de parte de la preparatoria no se pudo. Si por lo menos hubiera sido en un puerto en lugar de Monterrey. Pero ni modo.

Fatum. El mismo Fatum que maldijo a Edipo. Venía por mí, me servía la tentación en bandeja de plata y sabía que no podía negarme. Lo pensé sólo un segundo. En cualquier otra circunstancia eso se hubiera visto mal, pero yo era el Doctor Sarabia, extrañamente la palabra doctor viene acompañada con los prejuicios adecuados, como si cualquiera que consigue el grado fuera una especie de santo. Un iluminado que puede ver la realidad del mundo. Cuando la verdad es que lo doctor no quita lo pendejo. De cualquier manera la invitación me salió tan natural.

— Si quieres puedes ir con nosotros, yo y el profesor Sánchez iremos en un coche particular, llevaremos a Carlos que es un estudiante de 6to. Semestre, así que bien podrías ir. Si gustas.


—Tengo que pedirle permiso a mis papás— dijo, con una sonrisa pícara en los labios— pero sí me gustaría ir con usted— Creo que me voy a ir al infierno.

viernes, 15 de enero de 2010

Don Perdedor

Rayos, aquí viene el baboso de Enrique a hacerse el gracioso. En verdad hay personas que no logran entender la realidad. Parece que conociera todas las reglas no escritas para hacer sentir incomoda a una mujer, además de que es muy feo. Veamos… En primera, su cabello es un desastre, no sólo pareciera que nunca se peina, sino que lo tiene descuidado y grasoso, ni quien quiera tocarlo, tenerlo cerca si quiera. Su ropa, es como si su madre todavía se la escogiera. Es ropa de niño, tal vez de ñoño, vamos que se parece al primo del príncipe del rap. Además de eso no se afeita la barba, no bien, siempre tiene un poco de barba en ciertos lugares inconvenientemente estratégicos, nada peor que besar a un chico que no sabe quitarse el bigote.

Pero eso no es todo, juega videojuegos, cree saber mucho de la licenciatura, cree que cuestionarse de todo en la vida es interesante, aún si se trata de por qué los palillos son de madera o por qué el sol sale por el este. Cree que es gracioso, hace chistes malos donde siempre ríe solo. Cree que por ser parte del equipo de football (como aguador) es cool. Nunca, nunca para de hablar, siempre tiene algún tema que a nadie más le interesa para ser el centro de la conversación. Por dios que es desesperante. Pero claro, es especialista en hacer sentir culpable a la gente. Camina como animal herido, con la joroba bien pronunciada, con cara de tonto y su ropa de niño, es como si llegara a postrarse frente a todos nosotros a decirnos “estoy indefenso, no valgo la pena, no me hagan nada”. Tanto así que ya ni es divertido burlarse de él.

Me lleva, ya me vio, viene para acá, seguro me va a decir una idiotez típica de él y como siempre tengo que fingir que es interesante, inventar una excusa para salir corriendo lejos de él, sin que se sienta demasiado ofendido. Pero bueno, quien sabe, tal vez debajo de toda esa capa de inseguridad… Ya viene

— Hola, Érica, me preguntaba si podría invitarte a la disco del jueves, podría ir por ti a tu casa y pasárnosla bien, ¿que dices?

— Ay, Enrique, tú y tus ocurrencias, eres muy gracioso, ¿sabes? Disculpa que no me quede más contigo, pero tengo que ir a buscar al maestro Arredondo para entregarle el ensayo final, nos vemos.

Esa Érica está bien buena, habrá notado ¿qué le estaba viendo las tetas? Está vez no se pudo, mendigo maestro Arredondo, pero para la próxima segurito cae. Entonces sí la voy a tener en mi casita y ni quien la pueda salvar. Va a ser como en mis hentai donde ellas no paran de gritar de placer… Tal vez a Érica le guste el hentai, le preguntaré la próxima vez. Ohhh, ahí viene Rubí, haber, a enderezar la pose, espero esté bien mi cabello, mi aliento… no hay tiempo hay que decirle algo ingenioso antes de que se me escape.

— ¡Oye Rubí! ¿Sabías que el oso panda está en peligro de extinción? Lo dijo Jack Black en la tele…

lunes, 11 de enero de 2010

Visitas inesperadas


La puerta estaba abierta siendo que yo la había dejado cerrada con ambas llaves, estaba segura de que eso no significaban buenas noticias. No podía haber otra razón para que mi departamento no estuviera cerrado más que ella y eso sólo podía significar problemas. Entre directo a mi habitación, pero no había nada, todo yacía justo como cuando me levanté en la mañana y salí directo al trabajo. No quedaba mucho por buscar, cocina, vacía, sala, vacía, patio de servicio, igual, sólo quedaba el baño. Traté de girar el pomo de la puerta, pero estaba cerrado por dentro, estaba segura de que era ella, sólo podía ser ella, a pesar de eso, evité hacer ruido, mientras buscaba en el buró junto a la cama mi pistola, recargaba el arma y la cargaba. Todo era cuestión de esperar.


Llevaba sentada cerca de cuarenta y cinco minutos cuando por fin escuché movimiento, era el agua que se va por la coladera después de haber usado la tina. Seguro llevaba tiempo aquí y seguro también, iba a tardar en salir. Por lo menos otra media hora, por lo que fui a revisar el resto de la casa. El refrigerador tenía comida y había trastes limpios, no sólo vino y cocinó, también lavó sus trastes y me dejó un poco. Siempre tan considerada. Regresé de nuevo a la alcoba, siempre odié el tiempo que esta mujer pasaba en el baño y su mala costumbre de estar impecable sin importar las circunstancias. Pensé que era seguro que en ese momento estuviera arreglándose para salir, aunque no estaba segura si sabía que yo ya estaba afuera esperando. Otra media hora más en el sillón, pistola en mano y sin poder prender un tabaco, siempre quedaba la posibilidad de que en realidad no fuera ella, no me gusta ser descubierta y tomada por sorpresa.


Por fin, la perilla giró y pude escuchar el seguro botarse, un segundo después ella aparecía frente a mí y yo con mi pistola apuntando justo a la altura de su pecho. Debo decirlo Janeth siempre fue bastante excéntrica y siempre tenía esa clase de trabajos del límite, entre lo inmoral y lo ilegal, por eso no fue raro que saliera vestida como una especie de colegiala única: llevaba el cabello recogido en dos colitas, en la cara, los ojos delineados, la tez pálida y los labios en una mezcla entre negro y morado, una blusa negra de latex con corte gótico y un escote que dejaba ver sus hermosos pechos blancos, para rematar llevaba una falda de cuadros negros y morados que apenas cubría su trasero, él cual por cierto, sólo estaba resguardado por unos pequeños calzoncitos como de niña buena, para rematar llevaba medias de redecilla y unas botas de cuero con tacón de aguja. Su cara angelical, junto con esa mirada de inocencia que se pierde en el infinito daban el toque final. En realidad me excitaba esta chica.


¿Puedes bajar la pistola? Me dijo, sabes que me pones nerviosa y no de la manera en que me gusta. Sabes que no puedes estar aquí, yo soy una persona con suficientes problemas como para tenerte aquí. Lo sé, por eso vine a buscarte, por que tienes tantos problemas que seguro no te importará que yo te traiga unos pocos más… me están buscando, Esto último lo dijo con una sonrisa de falsa inocencia. No puedes venir aquí cada vez que estás en problemas sólo para que yo te salve el trasero. Creo que siempre me arrepentiré por haber dicho esta frase, pues ella se inclinó de espaldas a mí, lo suficiente para dejarme ver sus hermosas nalgas y decirme, Acaso no es un lindo trasero como para que no quieras protegerlo. No pude hacer más, tome la pistola, la puse en su nuca, la tome del cuello y la arrojé con fuerza a la cama.


Después de dejar la pistola a un lado todo fue muy violento. Me lancé sobre ella por detrás, arrancando su ropa interior de un solo jalón, tenía que tocar, besar, lamer, era como estar hipnotizada, embriagada por una tonta niña que no sabe cuidarse sola y sin embargo, sabía como obtener a la mejor como su guardaespaldas personal. Ella se dejó hacer y cuando paré para tomar un respiro, dio media vuelta, me tomó entre sus piernas y me acercó a sus labios, en un solo movimiento. Me besaba, mientras me desabotonaba mi camisa, me quitaba la funda del arma, se deshizo de mi sostén en un parpadeo y ahí estaba yo, medio desnuda sobre de ella, besándonos. Me pidió con su mano que metiera mi mano y era tan caliente, tan suave, tan delicada, como cada vez que esto pasaba entre nosotros. Ella liberó sus pechos y me dejo admirarlos, besarlos y ser parte de esa exquisitez, de esa obra de arte. Di gracias a dios por ese escote tan pronunciado. No pude aguantar más y le pedí que lo hiciera, para poder terminar con mi número favorito. Aunque me hace sentir un poco mal que ella siempre logra que yo termine primero.


Estábamos las dos desnudas mirando al techo de la habitación, con un brazo sostenía el cigarrillo que estaba fumando, mientras con el otro la abrazaba, pues a ella le encanta acurrucarse después de hacer el amor conmigo. ¿En que te metiste esta vez?, le pregunté, sabiendo que su respuesta no sería nada agradable, cada que hacemos el amor, sobretodo con esa intensidad, significan malas noticias. Esta vez no, me dijo ella, esta vez sólo vine por ti, Fern.

domingo, 10 de enero de 2010

El amor de mi madre

Tranquilo hijo, mami está aquí, no te pasará nada, mírame a los ojos, no te pasará nada, quiero que seas un hombre de provecho, sé que lo harás, tú eres lo más importante hijo y sólo eso importa, te amo, siempre recuerda…

Esperaba que mi madre terminara su frase, pero no pudo. Yo me quedé ahí, recostado debajo de ella, con el calor de su sangre que resbalaba por mi rostro, caliente, era su amor que me cubría de besos. Pude sentir como la vida se le salía y su cuerpo quedaba inerte sobre mí. Yo quise llorar, pero sólo me quedé ahí, quieto, rezando por que mi madre tuviera razón.

(fragmento tomado de las memorias de Don Julián Flores: “a propósito de la guerra”

sábado, 9 de enero de 2010

Busca el oro muchacho


Debes de almacenar muchos recuerdos en tu juventud, ten por seguro que cuando seas mayor serán tu mayor tesoro. Por que poco a poco verás que lo que tuviste algún día ha ido despareciendo y no lo habías notado, sino hasta que te quedaste solo. Los amigos se alejaron, cambiaron de ciudad, tuvieron familias y poco a poco se acabó el tiempo que tenían para compartir contigo. Los amores en la adolescencia, se quedaron en las cartas que enviaste a la chica que te gustaba, pero las rosas se marchitaron, las canciones se cantaron y ya sólo quedan las guitarras guardadas al fondo del desván. Tu trabajo, también se terminó, te jubilaste o te jubilaron, ya no funcionabas, te dicen que es tiempo de gozar de la vida, pero parte de ese goce esta en las responsabilidades. Por eso tratarás de cuidar tu casa, el jardín, arreglar las cosas como siempre quisiste, pintar, escribir tus memorias, salir a pasear por el mundo, pero nada te dará la dicha del trabajo bien logrado. De la salud, mejor ni hablemos, entre la diabetes, los infartos, el Alzheimer, demencia senil…


Por eso debes prevenirte por que el día llegará, cuando estarás sentado en medio de la sala y te preguntarás ¿qué he hecho en mi vida? Entonces tienes que tratar de recordar. Tomarás los albúmenes de fotografías llenas de nostalgia, de tiempos donde tenías cabello y festejaste un cumpleaños o una boda, con tu esposa, con tus hijos, de cuando fuiste pequeño y todavía vivían tus padres. Luego tratarás de telefonear a tus viejos amigos, de la preparatoria, de la universidad, del trabajo, con los que jugué futbol o básquetbol, muchas dirán que están ocupados, algunos ya estarán muertos, otros más estarán encantados de tu llamada, planearán reuniones, concretarán citas.


Tus recuerdos son lo más precioso que existe. El dinero sirve, para comer, vestir y dormir. Pero para vivir, para eso necesitas vida, sólo los recuerdos pueden darte esa vida, recordar es volver a vivir. Por eso ahora, que eres joven, toma en cuenta lo que te digo, vive al máximo, conoce todos los lugares que puedas, disfruta al máximo a tu familia, lee todas las enciclopedias, novelas y poemas que puedas. Ve al cine dos veces por semana, pero también cada que tengas vacaciones sal a la playa, de pesca, al extranjero. Enamórate de muchas para que puedas conocer a una, que sepas que pasarás tu vida con esa persona y que tendrán mucho que hacer juntos.  Ten hijos y dedícales tu vida entera, consiéntelos y edúcalos por que nada te puede hacer sentir tan grato como darle la vida a otro ser, cuidarlo cuando está indefenso, verlo y crecer y saber que es una gran persona gracias a que tú estuviste ahí para ella.


Conoce el mar, conoce el espacio, conoce Egipto, ve a china, come mariscos, come lasaña, arrójate en paracaídas, salta en el bungee, conoce el internet, cómprate el celular más nuevo, sal a pasear al jardín de tu ciudad, disfruta de una tarde entera acostado sin hacer nada, disfruta de tu pareja, sexual, emocional, intelectual y espiritualmente; brinca y mucho, canta cada que sientas ganas, que no te de pena hacer las cosas, has que la gente te mire y regálale una sonrisa al mundo, usa ropa cómoda, usa ropa bonita, compra un automóvil, sal en bicicleta, apaga la televisión, rompe un vaso, tira un plato, mira el cielo durante horas, mira videos tontos y graciosos, disfruta de tu tiempo de ocio, disfruta de tu trabajo, disfruta de tu vida y vive intensamente, por que cada cosa que vivas, generará recuerdos. Y créeme, los recuerdos son oro puro cuando llegas a esta etapa.

viernes, 8 de enero de 2010

Rosalba

No podía mirarlo a la cara después de lo que había pasado, quería hacerme chiquita, chiquita, hasta desaparecer. Pero eso no podía ser, la cosa apenas iba empezando. Me ordeno que me quitara la blusa y el sostén. Lo hice, mientras miraba por la ventana como caía la lluvia, sólo quería ser eso, lluvia que cae y se aleja. Pero él estaba ahí y no iba a olvidarlo. Pude haber llorado, pude haber gritado y terminado con todo eso, pero la verdad, muy dentro de mí, quería que lo hiciera por que yo lo amaba, aun cuando todavía no supiera reconocer lo que era el amor.

Todo había comenzado unos meses atrás. Mis padres estaban ocupados y no tenían tiempo para mí, mis hermanos ya eran grandes y tenían compromisos más importantes que yo, citas con sus novios, su trabajo o simplemente no querían perder tiempo con una niña. No tenía muchos amigos, la mayoría eran de la escuela y como nuestra familia vivía en las afueras de la ciudad era raro que pudieran visitarme y lo era aun más que me dejaran ir a la casa de un amigo. Por eso vivía de forma bastante solitaria, hasta que llegó Carlos, mi primo.

Su familia había tenido problemas, divorcio, entonces decidieron repartirse, un hijo tú, un hijo yo y les sobraba el mayor, ya estaba lo bastante grandecito como para decidir y él decidió irse con sus abuelos. Por eso llegó a mi casa, es decir, a la casa de mis abuelos. Él tenía 17 años cuando llegó, era alto, delgado, de hombros anchos, su voz era ronca, comenzaba a crecerle una barba espesa, que combinaba a la perfección con sus ojos profundos y su cabello, que usaba bastante largo. Era guapo, es cierto. Cuando llegó a la casa, no hizo gran cambio para mis abuelos, ni mis padres, mis hermanos lo saludaron con mucho cariño, sólo para hacerlo parte de los muebles un par de días después. Creo que eso hizo que él fuera feliz en la casa, a Carlos le gustaba que no le prestaran atención. Pero yo era pequeña, tenía 11 años y él fue el único con el que pude acercarme.

En la mañana yo iba a la escuela primaria, mis hermanos iban a la escuela al otro lado de la ciudad y siempre había peleas entre los tres por que ninguno quería ir a recogerme. Cuando llegó Carlos, él se ofreció como voluntario para ir a recogerme diario, nadie puso objeción y a mí me hizo verlo no sólo como el nuevo primo que llegó, sino como el nuevo primo con el que podría llevarme bien, por fin alguien con quien jugar, con quien hablar. Cada tarde, de camino a casa, el me compraba algún dulce con el dinero que había guardado de su almuerzo. Siempre tenía detalles para conmigo: cargaba mi mochila, siempre llegaba puntual y casi todo el camino se la pasaba sonriendo y haciéndome bromas o contándome historias divertidas. En verdad Carlos era un ángel que había ido a liberarme de la tristeza en la que vivía. Yo lo quería mucho.

Así es como suelen suceder las cosas: lentamente. Cuando menos te das cuenta, la persona que había sido un completo extraño días atrás se convierte en la persona más importante de tu vida. Así son las relaciones humanas. Con Carlos no pude evitarlo, el me dio a beber el agua en el desierto y en verdad que yo estaba sedienta. Por eso cuando comencé a notarlo diferente no me aleje, yo había decidido que quería ser lo que el necesitara. La relación fue poco a poco tornándose exclusiva. Sólo el y yo. De regreso de la escuela a casa, a la hora de la comida, en las tardes cuando el trataba de estudiar y yo no tenía con quien jugar y poco a poco fueron más momentos en que terminábamos él y yo en su cuarto. Hasta que un día se decidió.

Recuerdo muy bien como yo estaba recostada en su cama, cuando él dejó a un lado su libro de algebra y se sentó a un lado mío. No tuvo que decir nada, ya todo había cambiado. Con sólo acercarse pude saber que algo iba a pasar, no sabía como iba a ser, pero bien sabía yo que había cosas prohibidas, que se debe tener cuidado y que nada de eso importaba, no si era Carlos. No recuerdo como llegamos al beso, pero cruzamos el punto sin regreso y nos dejamos llevar.

Todo fue maravilloso en un principio, beso tras beso, él era gentil y delicado conmigo, me ayudó a desvestirme y me acariciaba por cada parte de mi cuerpo, yo mientras trataba de oler su cabello, de evitar las cosquillas cuando besaba mi ombligo o debajo de mis pechos, me encantaba como me miraba, como si yo fuera lo más importante en todo el mundo. Entonces quise saber cómo era él. Le pedí que se desvistiera, se quito su camisa y pude abrazarlo, sentir su piel en contacto con la mía, era un abrazo tan cálido, tan lleno de amor. Después de eso, se quitó los pantalones y calzoncillos y me encontré con su miembro, tan extraño, tan fascinante, me pidió que lo tocara y lo hice, con toda la gracia y práctica que puede tener una niña de 11 años, aun así, él lo estaba gozando. Quiso que lo besara y lo hice, pero cuando me pidió lamerlo tuve demasiado asco que prefirió arriesgarse. Me dijo que no me dolería, que me relajara, que no quería hacerme daño, que nos iba a gustar, tal vez sentiría un poco de comezón al principio, pero después todo estaría bien. Luego, me abrió las piernas. Dios... como lo odio.

jueves, 7 de enero de 2010

Emprende el vuelo (2)


Cuando abrí los ojos ya estaba arriba, habíamos pasado por el anillo dentro de la nube y el se encontraba mirándome fijamente. Estábamos sobre el cielo, entre las nubes, más allá del Sol y la Luna, más allá del bien y el mal. Sus ojos penetraban de manera decidida sobre mi piel, podía sentir como su mirada no sólo se clavaba en mí, sino que pasaba a través de mí, me leía, sabía quien era yo, mis sueños. El conocía la verdad.


Entonces, por qué me trajiste aquí, Por que quiero que conozcas, En verdad es muy hermoso, pero, por qué yo, por qué no alguien más sabio, más valiente y fuerte, Lo dices tú, que no sólo has tenido un sueño de toda la vida, que no has olvidado a pesar del trabajo duro, de las frustraciones, tú que pasas más tiempo mirando hacia arriba que alrededor, Pero, eso no me hace especial, Claro que sí, tienes la fuerza del deseo y ella fue la que me llamó, Pues en verdad gracias, todo es único aquí, en todas estas nubes puedo ver tantas tonalidades, pero a la vez, tienen texturas que nunca había mirado antes, Eso se debe a que no estamos en el cielo que tú conoces, en realidad, estamos en el Cielo. No entiendo, No necesitas hacerlo, sólo debes disfrutarlo, contemplarlo y cuando estés lista podrás hacer la labor que necesito de ti, Claro, haré lo que necesites, sólo tienes que pedírmelo, No te preocupes, ni siquiera necesitaré hacerlo.


Ahora, qué te parece si tomas un poco de lo que hay a tu alrededor, Quieres decir, un poco de las nubes, No sólo de las nubes, puedes llevarte también los colores, las luces, las formas, toma las texturas, quiero que conozcas toda la variedad de este universo y cuando estés lista, la guardarás en tu corazón, Está bien, aunque de nuevo, no entiendo a lo que te refieres, Tú sólo toma lo que quieras y ponlo en este canasto, cuando hayas terminado, estarás lista para regresar, Pero yo no quiero regresar… no tan pronto, No te preocupes, después de que hayas tomado todo y lo tengas en tu corazón podrás regresar aquí las veces que quieras, siempre y cuando hagas lo que te he pedido, Está bien, entiendo.


Entonces recorrí los campos de nubes, recogiendo formas, colores, texturas, a cada momento me encontraba con una nueva impresión, una… una esencia, comencé a ver esencias, no podía nombrar a los colores, ni a las texturas, no había un rojo o un amarillo, ni siquiera sus tonalidades, eran colores que nunca antes había visto, colores para los que no tenía un nombre, para los que sólo podía capturar su esencia. Poco a poco recorrí todo lo que mis ojos podían, poniendo un poco dentro del canasto, hasta que estuvo lleno. En ese momento el canasto se cerró sobré mi mano izquierda, con la había estado cargándolo, comenzó a deslizarse por todo mi brazo, irradiándome con una sensación de dulzura, de tranquilidad y avanzando hacia mi pecho y con cada centímetro que se escurría recordaba una a una las esencias que había conocido ese día, hasta que llegó al centro de mi pecho, entonces todo se convirtió en dolor, las nubes desaparecieron, todo lo que había a mi alrededor había pasado a un segundo plano, sin tener un primer plano que ocupara su lugar y sólo pude distinguir su mirada a lo lejos, muy lejos de mí mientras el dolor me despedazaba por dentro.


Cuando desperté estaba en el claro, mirando una nube con forma de anillo, de curioso tonalidad morada, como si fuera una nube nocturna que se haya quedado rezagada en el cielo matinal. Me levanté del suelo, sabiendo que tenía que regresar a casa, arreglé mi falda, sacudí mi ropa y al notar que mis brazos tenían unas marcas nuevas, como quemaduras, unas extrañas cicatrices, tuve que bajar mis mangas lo más que pude, pensando en la forma de evitar el llamar la atención en el camino a casa.