Desperté hace un par de horas en la cama del hospital. Los doctores me han dicho que todo fue muy complicado, estuve en terapia intensiva por más de cinco horas en los que lucharon hasta más no poder por salvar mi vida. Tenía varias costillas rotas, un derrame cerebral, perdí dos dientes, el volante estaba incrustado en mi cuerpo… De cualquier manera, fui el único que sobrevivió, tardé tres días en tener consciencia, cuando me dijeron esto. Que había chocado, que había sido muy grave y las personas que viajaban conmigo, es decir, Laura, Ángela, Noel y Alberto habían muerto de forma instantánea, que era un milagro que yo estuviera vivo, que era muy afortunado. Pensé que eso era todo, que me desearían que mejorara a la brevedad y siguiera con mi vida, pero entonces el doctor bajó la mirada y me dijo que en verdad lo sentía, que no tenía idea de cómo darme la noticia. No tenía idea de que estaba hablando ¿qué sería más grave que la muerte de mi esposa y mis amigos? Entonces el sólo vaciló en decir: En verdad lo siento, no pudimos salvarla, a su esposa… ella… ella estaba embarazada.
miércoles, 21 de abril de 2010
lunes, 19 de abril de 2010
Azotea
Mano derecha, corta vena en muñeca izquierda. Mano izquierda, corta vena en muñeca derecha. Antes antidepresivos, calmantes. Antes alcohol. Antes las despedidas, hacerse a la idea. Ahora la azotea. Ahora la vida pasa como sin nada, las personas en las calles siguen en movimiento, la miran como a una extraña, más como si ya perteneciera al mundo al que está accediendo y no como si todavía fuera parte del de ellos. Un muchacho camina cerca, siente las gotas que golpean su cara. Es una broma de muy mal gusto, le dice, ya estás grandecita para arrojar agua desde tu azotea. Pero ella no lo mira, se pierde en la sonrisa de la ciudad. Se pierde en el sol que comienza a comerse el horizonte o es al revés, acaso el sol es el que ha perdido.
La ciudad se despide, la mira sabiendo que ella no durará más. No pudo soportarlo, pero seguirá aquí. Su cuerpo sólo cambiara de residencia. Es una lástima se dice la urbe, que la vio crecer todos estos años. Tantas cosas por hacer, toda una vida por delante. Pero así es ella, si tan sólo no hubiese querido estudiar fuera, sino se hubiese alejado. A la ciudad le gusta jugar a matar gente.
Sangre de Cristo
—Suave, suave, deja que me vaya acostumbrando por que el tuyo es muy grueso— Él creyó que a ella le gustaba mentir, nunca nadie se le había ocurrido decirle un “cumplido” como ese, aún así siguió con la acción.
—Entonces ¿te gusta así? o quieres que te toque un poco más, te siento un poco seca.
—No te preocupes, solo bésame un poco el cuello ¿quieres? Así, exactamente, empuja un poco, bien, ay que rico.
Estaban sentados los dos en la fiesta. Casi tocándose, la mano de él rozando el trasero de ella, pero esta ni se inmutaba. Era la parte de las charadas, dos equipos, una persona pasa y trata de actuar con mímica una película, el equipo trata de adivinar, ese juego aburrido de las fiestas. Él estaba absorto, conocía demasiadas mañas y la tenía tan cerca que ver su trasero cada que ella se levantaba, sobretodo acentuado con el efecto de los tacones era toda una exquisitez. No sólo eso, incluso se había atrevido a romper la barrera del tacto, el sillón donde estaban era tan pequeño que la abrazaba discretamente, trasero en mano firme. Podía respirar de ella, sentir el vapor que salía de su piel, inhalarlo: estaba tan excitado.
Se quitó la ropa mientras se recostaba en la cama y lo miraba a los ojos. “Ambos sabemos por que estamos aquí” decía sin hablarlo. Pero el músico se sentía inseguro, quería poseerla, pero no sabía cómo hacerlo. Ella estiró sus piernas, ahí estaba en todo su esplendor sus pantorrillas bien formadas y esos tacones al final, desde que los vio él sospechó que ella sabría usarlos. Estaba excitado, nervioso y excitado, no había más.
Impertérrita. Esa palabra la define. Sólo está sentada, mirando al vacío. La mujer perfecta, el cabello lo suficientemente largo para el sexo pasional y lo suficientemente corto como para una relación duradera. Culta y fina dama, leída y letrada. Además de la cara de ángel. Impertérrita como un ángel. Cuerpo de tentación, culito sabroso, cinturita. Pero impertérrita. Seguro gime rico, seguro lo chupa. Seguro, lo que es seguro, es que ella ni lo mira mientras la fiesta continua. Es como si hubiera introyectado tanto que no quisiera volver a hablar. Es como si nadie existiera para ella. Es como si nadie existiera desde que está ella.
Pero en la cama es diferente, lo muerde en el cuello, le rasguña la espalda mientras le grita como vil puta “métemelo fuerte, métemelo más fuerte, mátame”. Ella se retuerce como si durante todo el tiempo estuviera sintiendo un orgasmo, un orgasmo comparado a una novena sinfonía. Él no logra relajarse, es que no se lo esperaba, la deseaba, pero no así. La quería impertérrita. Aún así lo goza, sabe que no volverá a tener a alguien con un cuerpo como ella en su cama. Sabe que todo puede acabar en cualquier momento y por eso le pide que le arañe más fuerte, que queden las marcas, que se queden los testimonios.
—Ahora le toca bailar a Diana— Curioso, que queriendo pasar desapercibido todo se basaba en ella, se sentaba junto a ella, se reía de los chistes que le contaba (y sólo de esos), ahora la había puesto a un paso del ridículo público. Inconsciente, que le llaman —Ándale Diana, te toca bailar, haber, pónganle una bien sexy “You know you want me” o algo así.
Lo que lo tenía más intrigado era la mano en el trasero. El era discreto, pero sabía que ella debió incomodarse. Desde que se sentará a su lado, él no había podido de dejar de acercar su mano, primero casualmente, después de tres cervezas de forma casi “intencionada”. Pero ella no hacía nada. Se limitaba a permanecer quieta, a sonreír y negar con la cabeza cuando alguien le ofrecía un taco u otra cerveza, era vegetariana y, al parecer bebía poco. En ningún momento su semblante cambió, ni siquiera cuando el se envalentonó y él pellizco de forma descaradamente educada. Ella simplemente levantó su mano izquierda, suavemente, como un suspiro, la movió sobre el cuerpo de él, rozando de forma “completamente causal” su pene antes de poner su mano en su espalda, bajarla hacia su trasero y alejar los pantalones de su cuerpo, que el viera lo que le esperaba. Ropa interior de encaje. Mujeres. Mujeres fetichistas. Mujeres fetichistas clásicas.
—Estoy a punto de llegar, en verdad eres bueno, Mario— Le decía mientras él taladraba con los tobillos de ésta en los hombros —Sólo un poco más y no te detengas, sino en verdad voy a odiarte.
—No. No me detengo.
—Eso, eres un buen muchacho —Curioso comentario, teniendo ella 19 y el 25 —Te queda un poco que aprender, pero tienes talento. Eres un natural.
—Gracias, supongo.
—No des las gracias, me lo vas a espantar con esa clase de tonterías.
— ¿Espantarte? ¿El orgasmo?
—Pues claro, sino, ¿qué?
—No, pues nada.
—Ya viene, ya viene— En el momento justo del orgasmo, ella le muerde el brazo, tan fuerte que alcanza a enterrarle el colmillo, brota una gota de sangre de la herida.
La cama está vacía. Él se encuentra tirado en el suelo, mientras recuerda lo que sucedió en la noche. La acompañó a su casa, ella pidió que la dejara a la entrada del callejón, pero él insistió, pasaba de medianoche, habían bebido y la caballerosidad es primero. Ella insistió en que no se molestara, pero él ya iba en camino. Lo había estado pensando toda la noche. Degustando el pequeño cuello de ella. Se moría de ganas de lamerlo. Sin embargo, subieron en silencio. La respiración de ambos se agitaba por el esfuerzo físico. Ella impertérrita, sudando pero impertérrita. Él con una erección marca diablo. Sólo quería taladrarla hasta el otro lado de la cama. Fue en ese momento cuando vieron a la figura que bajaba.
—Te presentó a mi novio, Joaquín— de regreso por el callejón, en la oscuridad de la noche.
martes, 13 de abril de 2010
Culeros
No quiero regresar más acá. Estuve perdido por más de tres semanas y sólo recibí un “onde andabas?” (Sí, hasta con falta de ortografía). Dicen que me lo he ganado y creo que pierdo más tiempo tratando de desmentirlos que dándoles la razón, así que oficialmente soy ogete y no le importo a nadie. Ni pedo, de cualquier manera los chavos del salón están bien pendejos, las chavas están feas y las bonitas nada más están bien idiotas que no saben ni quien es García Márquez. Pero creo que es lógico, uno entiende la verdad de las cosas. Uno que ve más para allá. Pos que se chinguen los culeros, ora que se encuentren a otro para fungir mi rol, que yo me voy pa la chingada.
viernes, 9 de abril de 2010
Avioncitos de papel
Recostado en el suelo con la mente que se ha ido hasta el otro extremo del mundo. La sangre escurre lentamente, puedo sentirla caliente en las mejillas y ya fría en mis orejas. El cielo es hermoso con una textura de nubes dibujando distintas formas, con las tonalidades del atardecer, rojo, naranja, morado y ya empiezan a aparecer unos nubarrones oscuros del otro lado. Que mejor momento para estar así, sin pensar en nada, viendo como los niños arrojan sus avioncitos de papel. Volando como un avión de papel, que se lo lleva el cielo.
De regreso del valle de los muertos
Estaba seco por dentro, no quedaba más que los huesos de ese horrible cuerpo, pero ahí estaba de nuevo frente a la entrada de la ciudad. Se nos estaba agotando la paciencia y la imaginación. Era la decimosexta ocasión en la que habíamos tratado de deshacernos de él, ello, eso. Pero continuaba sucediendo como una maldición y claro que tenía que ser una maldición, no podía ser una casualidad que mientras eso se encontraba en el pueblo le ocurrían tragedias a las cosechas, a los pocos animales que quedaban y ni de que hablar de los niños. Por lo menos habían muerto cinco de ellos cuando habíamos tomado la abrupta decisión de llevarlo a ese lugar.
El valle de los muertos estaba más allá de las fronteras que nuestros ancestros habían marcado y eso estaba bien establecido. El que hayamos decidido llevarlo ahí fue por que todos consideramos que era absolutamente necesario. Llevábamos ya quince intentos enterrando, incinerando, arrojando al mar, realizando velorios, incluso hubo alguien que tuvo la idea de momificar, aun así eso seguía reapareciendo a las puertas de la ciudad con alguna catástrofe de la mano. La primera vez que regresó, se quemaron las cinco hectáreas de alfalfa del viejo ganadero. La séptima murieron cinco animales, los cuales no tenían una gota de sangre en el cuerpo. La mayoría nos mostrábamos renuentes a aceptar que realmente fuera una maldición, que ese cadáver fuera la causa de nuestros males. Eso fue hasta la decimoquinta ocasión, cuando se había optado por dejarlo en una caja de cristal en el bosque. En esa ocasión regresó y se llevó a varios de nuestros niños. Aparecieron dos cerca del pozo, muertos, y por lo menos hubo tres o cuatro más que habían desaparecido.
Nos mandaron sólo a mi mujer y a mí. Yo cargaba el cuerpo y ella me ayudaría a llevar las provisiones necesarias para lograrlo. No hubo grandes despedidas cuando partimos, lo hicimos de madrugada, con sólo el amanecer por delante y los aullidos de los lobos a lo lejos. El viaje fue en realidad horrible, tenía que cargar eso en la espalda. Mi mujer había quedado tan trastornada que apenas hablaba… había perdido todo su brillo. Apenas intercambiábamos las frases suficientes para saber cuando había que parar para comer o dormir, cuando podía haber algún peligro como un barranco o animales salvajes. Eso era todo, no había amor ni amabilidad en sus palabras. Yo no estaba mejor que ella.
Viajamos alrededor de una semana, siempre con la tentación de renunciar a sabiendas de que si no llegaba al valle de los muertos seguramente él… eso, volvería a la ciudad, tal vez hasta antes que nosotros. Creo que fue ese pensamiento lo único que me permitió seguir adelante. Quería salvar a mi pueblo, sin importar la peste y el horror que cargaba a mis espaldas.
Cuando estuve a punto de darme por vencido pude ver la entrada al valle. Quería estar ahí sólo lo necesario, dejarlo e irnos lo más pronto posible. Dicen que en el fondo se encuentran toda clase de cuerpos, de demonios, tanta maldad. Por eso es un valle, solamente así sería posible contener tantos horrores tan cerca de la tierra. Localicé un barranco, me acerqué a la orilla y dejé por un momento el cuerpo en el suelo. Tuve la tentación de rezar, pero el lugar era tan silencioso, tan triste y vacío que no tuve la mayor inspiración para hacerlo. Me disponía a arrojarlo al fondo, cuando mi esposa se abalanzó sobre el cadáver, lo levantó del suelo lo suficiente para poder abrazarlo y llorar con los restos de su cabeza sobre su regazo. Una madre siempre será una madre.
sábado, 23 de enero de 2010
El sentido de la vida
Escribo una columna de consejos para despertar la sensibilidad al mundo de las personas comunes. Son consejos tan torpes y estúpidos que me da pena que sea eso lo que me paga la renta. Es cierto que sigo escribiendo mi novela, pero de algo tengo que vivir. Es increíble la cantidad de personas que necesitan “superación personal”. Sólo tienes que decirles que sean felices en palabras rebuscadas y todos se lo tragan. Es increíble como somos decadentes el día de hoy, necesitamos que alguien nos diga como vivir la vida, decían que la felicidad no se podía comprar y sólo mira en tu librería más cercana, tendrás mínimo treinta bestsellers ofreciéndote las respuestas para vivir sano, feliz y tener todo el sexo del mundo.
Por eso es que yo tengo chance, los padres no saben que hacer con sus hijos, los hijos no saben que hacer con su vida y yo sólo tengo que decirles lo que ya saben (o deberían saber), que la comunicación es la base de una buena relación, que hagan de la vida lo que tengan ganas de hacer y que todo el mundo cometemos errores. Pueden decir que soy optimista, lo cierto es que sólo soy observadora. A través de los años he podido observar lo que las personas buscan, lo que quieren escuchar. Por eso tiene éxito mi columna. Por mí que todos se vayan al infierno mientras me lean y por ende, tenga suficiente dinero para comer. De eso es lo que se trata la vida.
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