miércoles, 21 de abril de 2010

Recorrido por la ciudad (3 de 5)

 


Cuando por fin salimos a pasear ya era un poco tarde. Pasaba del mediodía pero las chicas se habían prevenido trayendo una canasta de comida para no tener que regresar al hotel. Era poco probable que encontráramos un buen restaurante y era mejor pasar un rato al aire libre. Tal vez en el jardín de la ciudad y así evitar el fastidio de pasar tanto tiempo encerrados.

Recorrimos casi toda la ciudad, de arriba a abajo, pasamos por la calle principal, así como por callejones que venían en todas formas y tamaños, desde unos grandes que bien podían ser una calle (claro, con muchos escalones) y unos tan pequeños y cerrados que apenas podía pasar una persona a la vez. La ciudad estaba hecha según los cerros, por lo mismo muchas veces tomábamos un callejón que terminaba en una dirección muy diferente a la que planeamos tomar o topábamos con que no había salida y teníamos que regresar. Además de caminar por sus calles nos encontramos un par de museos, uno del héroe de la ciudad, un cantante que había sido medianamente famoso y en el cual solamente había cosas personales, tan personales que no sé como podían interesarle a alguien ajeno a la ciudad. En el otro había exposiciones de arte, nada del otro mundo. Una exposición de miniaturas, otra de arte típico regional, una de más de “alta cultura” y por último una exposición de arte abstracto y eso sí, un precio demasiado exagerado para lo que el museo ofrecía. Lo cierto era que el encanto de San Luisito se encontraba en la ciudad misma, en el misterio, en lo perturbador, como había dicho Alberto. Era pueblo chico y enigmático, de esos que tienes que recorrer sus calles, sus callejones, internarte hasta sus entrañas para entender lo que se siente estar ahí y no querer regresar jamás.
Nos sentamos a comer en un pequeño jardín que encontramos en la cima de uno de los callejones y cuando habíamos terminado quisimos volver al hotel, a bañarnos y descansar, sólo entonces nos dimos cuenta de la verdadera trampa de la ciudad. No sólo estaba desierta, no sólo parecía que la gente nos rehuía, también era un laberinto dentro de sus callejones y recovecos, por eso mientras el sol bajaba nos preguntamos como haríamos para volver al hotel.
Llevábamos caminando cerca de veinte minutos en círculos cuando recordé la brújula que me había dado la señora Rosa. La saqué de mi bolsillo y al mirarla todos pudimos ver como se encontraba dando brincos como loca. Al parecer el Norte se encontraba al frente, izquierda y derecha de nosotros. Curiosamente nunca dio vuelta completa hacia la izquierda. Siempre tuve entendido que cuando las brújulas no sirven por algún campo electro magnético dan vueltas como locas, pero puedo jurar que esta nunca dio vuelta hacia el oeste. La brújula no nos iba a sacar del aprieto y los celulares tampoco. Desde que llegamos a la ciudad supimos que no había señal. Caminamos otros diez minutos hasta que alguien se hartó y empezamos a tocar en varias casas para pedir direcciones. En todas, la respuesta siempre era la misma. Nuestros golpes en la puerta resonaban una y otra vez y nos regresaban el eco de los mismos. No había ni un alma a quien preguntar que demonios hacer. Justo cuando estaba anocheciendo la niebla comenzó a subir.
Como había dicho la señora Rosa la neblina apareció de forma tan rápida y disimulada que no pudimos tomar las previsiones necesarias. Todos nos encontrábamos separados a través del callejón, tocando a distintas casas buscando ayuda cuando por casualidad miré el suelo y pude distinguir un poco de neblina. Volví la vista alrededor y a simple vista no podía ver a ninguno de los otros. Regrese siguiendo mis pasos y comencé a llamarlos, la niebla ya estaba llegando arriba de mi cintura cuando escuché que gritaban mi nombre, corrí en esa dirección pensando que tal vez sería demasiado tarde cuando tropecé en un escalón y rodé varios metros abajo por un callejón hasta terminar golpeándome la cabeza con el suelo perdiendo la consciencia instantáneamente.
Cuando abrí los ojos el callejón estaba demasiado oscuro, sólo podía distinguir unas luces a lo lejos además del dolor en todo el cuerpo. Me encontraba desorientado y conforme mi visión iba definiéndose mi mente lo hacía también. Al instante recordé lo que había pasado, pero ¿qué pudo haber pasado? Es cierto que me desmayé por lo menos una hora, tal vez más, era difícil definirlo entre la oscuridad natural y la que se producía con la neblina. Pero ¿Dónde estaban los demás? Después de eso debieron haberme buscado, escuchado como caía y correr a encontrarme, pero ahí estaba yo, solo en ese callejón sin tener más idea que saber que había caído, por eso decidí subir siguiendo el callejón, tal vez encontrara a alguien.
Hay varias experiencias que uno nunca puede olvidar en la vida por la forma en que te hacen sentir, diferente a cualquier cosa que te haya sucedido antes, por ejemplo: cuando te revuelca una ola y pierdes todo sentido de la orientación, entrar a una de esas casas de ilusiones ópticas donde las cosas parece que suben cuando en realidad caen o tal vez, perderte en medio de la niebla en San Luisito. Estuve repasando en mi cabeza, todavía confundido. Había bajado, tomado a la derecha y luego había tropezado, no pude haber caído más allá de un callejón, debían estar cerca.
Pero aún así, lo único que contestaba mis gritos era el silencio. Por su parte, el pueblo seguía igual de abandonado y callado que antes, pero creo que el concentrarme en encontrar al resto fue lo que me permitió seguir algo tranquilo. La tarea era difícil, estaba completamente perdido, no se escuchaba ningún alma por las calles y las farolas eran pocas, algunas estaban fundidas por lo que a duras penas caminaba entre sombras y nubes de neblina. Era como atravesar el bosque en medio de la noche, cuando las ramas y hojas no te permiten ver nada hasta que llegas a un claro.
Poco a poco me fui desesperando, ni siquiera puedo decir que anduve en círculos, era imposible reconocer los lugares que ya había pisado (si es que en verdad ya los había pisado), era más una sensación de que San Luisito fuera infinito, subía y bajaba y volvía a subir, pero no sólo no llegaba a ningún lugar conocido, puedo decir que estuve cerca de una hora sin encontrar a ningún ser viviente. Me parece completamente imposible que estuve caminando cerca de veinte minutos de la forma más recta que pude, tratando de salir a las orillas de la ciudad y a partir de ahí guiarme, sin éxito. Era como si nunca hubiera salido del mismo callejón. Estaba desesperado, quería rendirme pero ¿qué hacer? No podía sólo dejar de caminar y esperar un milagro, tenía la sensación de que dormir en esas calles no era seguro. La gente sombra, me inquietaba. Sombra, ahora lo recuerdo, eso fue lo que me impulsó a correr de nuevo, cuando estaba en plena desesperación recordé los cigarrillos en mi bolsillo. Cogí uno, lo encendí y no llevaba más de tres caladas cuando pude ver una sombra entre la neblina, alguien que pasaba por el callejón cercano. Arrojé el cigarro en el acto, corriendo detrás de ella.

Todo está perdido (4 de 5)

 



No pude alcanzarla sino hasta el siguiente “claro” en medio de una plaza. Ella se detuvo frente a la fuente debajo de un poste con farol, un cigarro en sus labios y me miró directamente a los ojos, una mirada que sentí que me atravesó, Entonces, tú quieres que te la chupe ¿no? Me dijo, pero no podía ser ella, esa no podía ser Ángela. Pero ahí estaba, se acercó a mí, se arrodilló frente a mí, pude sentir su aliento frente a mi entrepierna. Laura no está, puedes hacerme lo que quieras. Puedo aparentar que fui un santo, que nada pasó. Pero siendo honestos, lo primero que hice fue lanzarme a besarla, ahí, en medio de todo y de nada. Me recosté sobre ella en el suelo helado y ella me abrazó con sus piernas, me excitaba con sus frases soeces, me besaba detrás de mi oreja y mi cuello, era como si supiera cómo me gustaba hacerlo, era como si la química entre ella y yo fuera perfecta.
Después de que ella tuviera (fingiera, tal vez) dos orgasmos, me corrí dentro de ella, estaba reposando cuando pude escuchar los pasos de alguien que corría hacia nosotros, apenas pude girar mi cara para mirar a Noel cuando éste me pateó en las costillas haciéndome rodar por encima de Ángela. Estaba seguro de que por lo menos me daría una paliza antes de dejarme levantar, sobretodo por que yo todavía tenía los pantalones abajo, pero en lugar de eso se quedó frente a Ángela, como esperando una explicación. Yo sólo me tendí en el suelo, alejándome lentamente esperando que me atacara, pero en lugar de eso comenzaron a discutir.
—Puta tenías que ser, no podías aguantarte las pinches ganas.
—Claro, como tú no me tienes bien atendida, siempre con tus celos y nunca tienes cabeza para mis necesidades.
—¿Tus necesidades? Coger y coger, eso es en lo único que piensas.
—Claro que no, te quiero Noel y tú nunca te das cuenta de ello.
—Y me quieres tanto, que vienes y te coges a este pendejo— En ese momento se acordó de mí, volteo a mirarme, pero siguió discutiendo con ella— No tienes madre.
—Claro que sí la tengo, pero tú no entiendes. Yo te quiero a ti, sólo quiero que te des cuenta de eso.
—Si en verdad me quieres, demuéstralo.
—Está bien, quiero tenerte dentro, amor, quiero ser tuya solamente, que me tomes como nadie más me ha tomado, quiero, te quiero a ti.
Me cuesta trabajo contar lo que sucedió después. Cada vez que lo revivo en mi mente, muero un poco, tal vez sólo mis neuronas mueran un poco y me quede tan loco que ya no tenga que recordar. Pero eso todavía no pasa, sino fuera por las cosas que sucedieron después. Pero bueno, la cosa fue así, ellos estaban discutiendo, yo me aleje lo suficiente para correr y escapar en medio de la neblina en caso de ser necesario, pero de cierta forma no lo fue. Ángela estaba diciendo estás últimas palabras cuando sacó de sus ropas un cuchillo largo, el cual nunca he entendido como escondió de mí o por qué lo cargaba; lo alzó en el aire, lo bajó rápidamente y cuando ya me hacía a la idea de ver a Noel sangrando a borbotones, ella giró su muñeca y se lo encajo a sí misma en el vientre, luego de eso comenzó a subirlo, lentamente pero firme, fue abriéndose poco a poco ante mi mirada estupefacta y la sonrisa de Noel, por que debo decirlo, Noel estaba sonriendo al por mayor, era como si hubiera estado esperando eso. Después de abrirse desde el vientre hasta sus pechos, Ángela repitió que era suya, que no podía estar con nadie más, que lo quería dentro, Noel sacó su miembro, lo depósito en medio de la nueva abertura, entremezclándose con todo lo que salía. Ángela no aguantaba más, mientras el se sacudía frenéticamente, llenándose de sangre, de vísceras, del amor de su mujer. Cuando Ángela estaba a punto de desfallecer, puso el cuchillo en la mano de Noel y al no poder hablar, gesticuló un “te amo” mirándolo a los ojos. Este se mató al lado de su mujer. Probablemente fue peor que lo que esta hizo, yo sólo pude escuchar como el cuchillo volvía a cortar a mis espaldas, mientras corría en dirección contraria lo más rápido que podía.
 Después de eso, todo se vuelve confuso, recuerdo haber volteado un par de veces sobre mi hombro, que corrí como loco hasta que me ardía la garganta y los pulmones, tropecé un par de veces sólo para levantarme y seguir corriendo, incluso recuerdo haber visto un par de veces a esas personas sombra, al menos creo que debí haberlos visto. Sólo recuerdo que cuando recobré un poco la conciencia me tope con una silueta extraña. Tenía mucho miedo, no sólo de que a la neblina le gustaba jugarme bromas con sus espejismos, sino de que hubiera algo más allá de ella, algo que en verdad me hiciera temblar hasta los huesos. Entonces apareció ella.
Era Laura, aunque no lo parecía, estaba en medio de un rebozo hincada y con el cuerpo haciendo una joroba. La llamé por su nombre, pero ella ni siquiera se inmutó, parecía estar ocupada como si tuviera algo en sus brazos. Era difícil distinguir pues al estar agachada la neblina me dificultaba aún más la visión. Me acerqué con recelo, estaba todavía seguro de que todo lo que había pasado con Ángela y Noel no podía ser real. Ella y yo nunca nos acostamos, ella no se suicidó por que él quiso, él nunca se volvió un maniático agresivo y se destrozo el cogote. Pero tenía que sacarlo, decírselo a alguien y ahí estaba Laura que no quería escucharme. Me acerque, llamándola por su nombre, recuerdo que le dije algo como “Laura, tengo que decirte algo” o “Laura, Ángela y Noel…” lo cierto es que ella no volteo sino hasta que tuve mis piernas justo enfrente de su rostro. Ella se limito a levantar el rostro, dejando al descubierto el bulto que llevaba en sus manos. Era una especie de feto, como si alguien hubiera abierto un frasco de formol de la escuela de medicina y lo hubiera depositado en los brazos de la que fuera mi esposa. Es nuestro hijo, me dijo, ¿No te parece hermoso?, me preguntaba mientras yo estaba en shock. Cuando quiso acercármelo y me pidió que lo besara no pude más, corrí de nuevo, ni siquiera recuerdo en que dirección, en realidad no recuerdo nada de lo que pasó después hasta que llegue al Hotel. Bueno, salvo lo de Alberto.
La cosa fue que de repente estaba en el suelo. Alberto estaba sobre mí. Creo que me golpeaba la cara. No estoy muy seguro de que fue lo que pasó. Creo que yo iba corriendo como loco por todo San Luisito cuando Alberto me sorprendió en una esquina, me derribo por sorpresa al golpearme con su brazo apoyando todo el peso de su cuerpo y luego de eso lo tenía encima. Recuerdo que estaba sobre mí y me decía que era un egoísta, que siempre lo había usado y que sólo pensaba en él como un pobre diablo solitario que no podía poner en orden su vida. Dijo que me burlaba por que él nunca había podido tener una esposa. Que yo sólo lo veía como el amigo rico que te apoya cuando necesitas y cuando no, lo mandas a la mierda. Que por mi culpa, por mi crisis y esas pendejadas él ahora estaba ahí cuando podía haber hecho mierda y media en cualquier otro lugar. Todo esto me lo dijo mientras me golpeaba una y otra vez la cara. Después no supe que fue lo que pasó. Ni siquiera puedo decirte que fue verdad o que no, lo único cierto es que recuerdo como Alberto estaba en el suelo desangrándose por una herida causada por un cuchillo, el cual seguía encajado en su pecho y que yo me levanté para perderme otra vez en la niebla.
Llegué al hotel. Como dije en esos momentos mi sanidad mental simplemente había dejado de existir por completo. Yo estaba perdido, completamente perdido y la única idea que tenía en la cabeza era el salir de ahí, de San Luisito, de la niebla, de las muertes, de mis amigos. Sólo tenía que llegar al hotel para correr a la habitación 203 coger la llave de la camioneta y conducir como si no hubiera un mañana. La cuestión fue que el hotel estaba abierto, que no había nadie en la recepción pero las luces estaban encendidas, que subí al cuarto y busqué la llave que milagrosamente seguía entre mis ropas, las cuales estaban sucias, rotas y llenas de sangre; que abrí la puerta y que me encontré nuevamente a Laura, otra vez con el “bebé”.
Entré al cuarto lentamente, temiendo hacer ruido, sólo quería tomar las llaves e irme, sin explicaciones sin despedidas, ella no era Laura, lo sabía, no podía ser ella y claro que ese… esa cosa no sería nuestro hijo. Ella estaba junto a la cama, arrodillada como la había visto antes, pero dándome la espalda, hacía una especie de ruido, como cuando alguien truena los dientes mientras duerme, creí que lo mejor era irme, olvidar el tiempo que habíamos pasado juntos y dejarla a ella junto con todo eso. No podría llevarla conmigo, estaba seguro. Para mi mala suerte, cuando cogí las llaves ella volteó, tenía la boca negra, escurría sangre por sus comisuras pero era tan viscosa que bien podía haber sido petróleo puro, sólo entonces lo noté, estaba mordiendo al pequeño feto por el cuello y al parecer ya se había comido parte del hombro. Di media vuelta y con las fuerzas que aún me quedaban corrí por el pasillo, pude escuchar claramente cuando ella decía “lo sé hijo mío, tu padre no te quiso, pero no te preocupes yo voy a cuidarte, tu mami nunca te dejará, no tu mami nunca nunca te dejara” y después como crujía un hueso de manera estruendosa.
Estaba justo en frente del hotel con toda la intención de tomar la camioneta y manejar como no hubiera un mañana cuando la amable población de la ciudad decidió darme la bienvenida local. Ahí estaba lo que debía ser todo el pueblo, al parecer me habían estado esperando. Probablemente ellos lo sabían, probablemente todo fue una broma cruel. No pude distinguirlos, como bien lo había dicho Alberto, eran gente sombra, todos iguales. Ni siquiera podía mirarlos directamente, era como si mi cordura fuera cuestionada al pensar que estaba mirando de frente a una persona y ni siquiera podía reconocerla. De cualquier manera, después de lo que había visto, de lo horrible que era San Luisito, lo último que esperaría sería ver que pensaban hacer conmigo. Fue la última vez que vi la camioneta que estaba detrás de ellos, corrí en dirección contraria, a perderme otra vez en las calles y callejones de San Luisito. Esta vez con compañía.
No logro comprender que carajos eran esas personas. Sé que no eran humanas, pero la gente sombra ni siquiera se parecía a los fantasmas de antaño, a esas leyendas que hemos escuchado toda la vida. Ellos más bien eran parte de la ciudad, San Luisito que quería saludar, que movía los dedos de sus manos en torno a mí, como un niño jugando con su presa. Eso eran los habitantes sombras, sólo una parte de esa horrible ciudad. No sé por que me escogió a mí, no quiero saber por que a mí no me destrabó la mente o tal vez su forma de hacerlo fue más sanguinaria. Estoy seguro y eso lo sé que eso, lo que fuera que estuviera ahí, en San Luisito fue lo que tomó a Laura, a Alberto, a Ángela y a Noel y los convirtió en eso. Como si se los hubiera comido por dentro, como si todo hubiera ocurrido mientras yo me encontraba inconsciente.
San Luisito se divertía conmigo, me hacía correr por sus callejones, sabiendo que no tendría escapatoria, que sólo era cuestión de tiempo para que sus habitantes me alcanzaran y después… No quería pensarlo, no podía pensar, mi mente ya no trabajaba, era sólo un autómata que corría sin poder detenerse, el dolor y la preocupación habían desaparecido, sabía que moriría, a cada vuelta que daba veía a gente sombra que iba a por mí, en cada callejón, saliendo de las ventanas, de las puertas, de la neblina, en cualquier punto encontraba más y más habitantes que me iban cortando los caminos. Era como una gran cacería a un pequeño ratón y yo estaba más que perdido. En esos momentos deseé haber terminado de una forma rápida, sólo morir y olvidar todo, pero como dije, cada partícula de mi cuerpo sólo pensaba en correr, no hubo nada más, hasta que me encontré completamente atrapado. Finalmente me habían cortado todo camino y la gente sombra se acercaba a mí. Era claro que sus intenciones no eran buenas. Estuve a punto de rendirme, de dejarme caer y esperar que mordieran mi cuello o me despedazaran y comieran vivo o se llevaran mi alma y me convirtieran en uno de ellos. Estaba perdido, cuando sentí algo en mi interior, una voz que me decía “vamos, tú puedes, no te rindas, casi lo logras” Sólo entonces pude moverme, correr hacia la puerta que todo este tiempo estuvo detrás de mí, Hospital Revelación decía el letrero sobre de ella, una discreta entrada sencilla como una casa común y cualquiera, una clínica tan vieja como el pueblo. La puerta estaba abierta y mientras me abalanzaba dentro y trataba de cerrarla pude sentir las manos que querían entrar. Sacando fuerzas de flaqueza la cerré, puse el seguro e inmediatamente después corrí a coger lo más pesado que encontré para atrancar la puerta. Ni siquiera recuerdo si fue un sillón o un librero, pero me quedé ahí, mirando absortó mi pequeña barrera que sería inútil: habría otra puerta, derribarían esta, entrarían por el techo o simplemente saldrían de las sombras que estaban atrás de mí. Iba a morir y no podría evitarlo. Me recosté junto a la puerta, esperando mi final. Cerré los ojos y deseé que todo acabara.

Epílogo (5 de 5)



Desperté hace un par de horas en la cama del hospital. Los doctores me han dicho que todo fue muy complicado, estuve en terapia intensiva por más de cinco horas en los que lucharon hasta más no poder por salvar mi vida. Tenía varias costillas rotas, un derrame cerebral, perdí dos dientes, el volante estaba incrustado en mi cuerpo… De cualquier manera, fui el único que sobrevivió, tardé tres días en tener consciencia, cuando me dijeron esto. Que había chocado, que había sido muy grave y las personas que viajaban conmigo, es decir, Laura, Ángela, Noel y Alberto habían muerto de forma instantánea, que era un milagro que yo estuviera vivo, que era muy afortunado. Pensé que eso era todo, que me desearían que mejorara a la brevedad y siguiera con mi vida, pero entonces el doctor bajó la mirada y me dijo que en verdad lo sentía, que no tenía idea de cómo darme la noticia. No tenía idea de que estaba hablando ¿qué sería más grave que la muerte de mi esposa y mis amigos? Entonces el sólo vaciló en decir: En verdad lo siento, no pudimos salvarla, a su esposa… ella… ella estaba embarazada.

lunes, 19 de abril de 2010

Azotea



Mano derecha, corta vena en muñeca izquierda. Mano izquierda, corta vena en muñeca derecha. Antes antidepresivos, calmantes. Antes alcohol. Antes las despedidas, hacerse a la idea. Ahora la azotea. Ahora la vida pasa como sin nada, las personas en las calles siguen en movimiento, la miran como a una extraña, más como si ya perteneciera al mundo al que está accediendo y no como si todavía fuera parte del de ellos. Un muchacho camina cerca, siente las gotas que golpean su cara. Es una broma de muy mal gusto, le dice, ya estás grandecita para arrojar agua desde tu azotea. Pero ella no lo mira, se pierde en la sonrisa de la ciudad. Se pierde en el sol que comienza a comerse el horizonte o es al revés, acaso el sol es el que ha perdido.


La ciudad se despide, la mira sabiendo que ella no durará más. No pudo soportarlo, pero seguirá aquí. Su cuerpo sólo cambiara de residencia. Es una lástima se dice la urbe, que la vio crecer todos estos años. Tantas cosas por hacer, toda una vida por delante. Pero así es ella, si tan sólo no hubiese querido estudiar fuera, sino se hubiese alejado. A la ciudad le gusta jugar a  matar gente.

Sangre de Cristo




—Suave, suave, deja que me vaya acostumbrando por que el tuyo es muy grueso— Él creyó que a ella le gustaba mentir, nunca nadie se le había ocurrido decirle un “cumplido” como ese, aún así siguió con la acción.

—Entonces ¿te gusta así? o quieres que te toque un poco más, te siento un poco seca.


—No te preocupes, solo bésame un poco el cuello ¿quieres? Así, exactamente, empuja un poco, bien, ay que rico.



Estaban sentados los dos en la fiesta. Casi tocándose, la mano de él rozando el trasero de ella, pero esta ni se inmutaba. Era la parte de las charadas, dos equipos, una persona pasa y trata de actuar con mímica una película, el equipo trata de adivinar, ese juego aburrido de las fiestas. Él estaba absorto, conocía demasiadas mañas y la tenía tan cerca que ver su trasero cada que ella se levantaba, sobretodo acentuado con el efecto de los tacones era toda una exquisitez. No sólo eso, incluso se había atrevido a romper la barrera del tacto, el sillón donde estaban era tan pequeño que la abrazaba discretamente, trasero en mano firme. Podía respirar de ella, sentir el vapor que salía de su piel, inhalarlo: estaba tan excitado.



Se quitó la ropa mientras se recostaba en la cama y lo miraba a los ojos. “Ambos sabemos por que estamos aquí” decía sin hablarlo. Pero el músico se sentía inseguro, quería poseerla, pero no sabía  cómo hacerlo. Ella estiró sus piernas, ahí estaba en todo su esplendor sus pantorrillas bien formadas y esos tacones al final, desde que los vio él sospechó que ella sabría usarlos. Estaba excitado, nervioso y excitado, no había más.



Impertérrita. Esa palabra la define. Sólo está sentada, mirando al vacío. La mujer perfecta, el cabello lo suficientemente largo para el sexo pasional y lo suficientemente corto como para una relación duradera. Culta y fina dama, leída y letrada. Además de la cara de ángel. Impertérrita como un ángel. Cuerpo de tentación, culito sabroso, cinturita. Pero impertérrita. Seguro gime rico, seguro lo chupa. Seguro, lo que es seguro, es que ella ni lo mira mientras la fiesta continua. Es como si hubiera introyectado tanto que no quisiera volver a hablar. Es como si nadie existiera para ella. Es como si nadie existiera desde que está ella.



Pero en la cama es diferente, lo muerde en el cuello, le rasguña la espalda mientras le grita como vil puta “métemelo fuerte, métemelo más fuerte, mátame”.  Ella se retuerce como si durante todo el tiempo estuviera sintiendo un orgasmo, un orgasmo comparado a una novena sinfonía. Él no logra relajarse, es que no se lo esperaba, la deseaba, pero no así. La quería impertérrita. Aún así lo goza, sabe que no volverá a tener a alguien con un cuerpo como ella en su cama. Sabe que todo puede acabar en cualquier momento y por eso le pide que le arañe más fuerte, que queden las marcas, que se queden los testimonios.



—Ahora le toca bailar a Diana— Curioso, que queriendo pasar desapercibido todo se basaba en ella, se sentaba junto a ella, se reía de los chistes que le contaba (y sólo de esos), ahora la había puesto a un paso del ridículo público. Inconsciente, que le llaman —Ándale Diana, te toca bailar, haber, pónganle una bien sexy “You know you want me” o algo así.



Lo que lo tenía más intrigado era la mano en el trasero. El era discreto, pero sabía que ella debió incomodarse. Desde que se sentará a su lado, él no había podido de dejar de acercar su mano, primero casualmente, después de tres cervezas de forma casi “intencionada”. Pero ella no hacía nada. Se limitaba a permanecer quieta, a sonreír y negar con la cabeza cuando alguien le ofrecía un taco u otra cerveza, era vegetariana y, al parecer bebía poco. En ningún momento su semblante cambió, ni siquiera cuando el se envalentonó y él pellizco de forma descaradamente educada. Ella simplemente levantó su mano izquierda, suavemente, como un suspiro, la movió sobre el cuerpo de él, rozando de forma “completamente causal” su pene antes de poner su mano en su espalda, bajarla hacia su trasero y alejar los pantalones de su cuerpo, que el viera lo que le esperaba. Ropa interior de encaje. Mujeres. Mujeres fetichistas. Mujeres fetichistas clásicas.



—Estoy a punto de llegar, en verdad eres bueno, Mario— Le decía mientras él taladraba con los tobillos de ésta en los hombros —Sólo un poco más y no te detengas, sino en verdad voy a odiarte.


—No. No me detengo.


—Eso, eres un buen muchacho —Curioso comentario, teniendo ella 19 y el 25 —Te queda un poco que aprender, pero tienes talento. Eres un natural.


—Gracias, supongo.


—No des las gracias, me lo vas a espantar con esa clase de tonterías.


—  ¿Espantarte? ¿El orgasmo?


—Pues claro, sino, ¿qué?


—No, pues nada.


—Ya viene, ya viene— En el momento justo del orgasmo, ella le muerde el brazo, tan fuerte que alcanza a enterrarle el colmillo, brota una gota de sangre de la herida.



La cama está vacía. Él se encuentra tirado en el suelo, mientras recuerda lo que sucedió en la noche. La acompañó a su casa, ella pidió que la dejara a la entrada del callejón, pero él insistió, pasaba de medianoche, habían bebido y la caballerosidad es primero. Ella insistió en que no se molestara, pero él ya iba en camino. Lo había estado pensando toda la noche. Degustando el pequeño cuello de ella. Se moría de ganas de lamerlo. Sin embargo, subieron en silencio. La respiración de ambos se agitaba por el esfuerzo físico. Ella impertérrita, sudando pero impertérrita. Él con una erección marca diablo. Sólo quería taladrarla hasta el otro lado de la cama. Fue en ese momento cuando vieron a la figura que bajaba.


—Te presentó a mi novio, Joaquín— de regreso por el callejón, en la oscuridad de la noche.

martes, 13 de abril de 2010

Culeros


No quiero regresar más acá. Estuve perdido por más de tres semanas y sólo recibí un “onde andabas?” (Sí, hasta con falta de ortografía). Dicen que me lo he ganado y creo que pierdo más tiempo tratando de desmentirlos que dándoles la razón, así que oficialmente soy ogete y no le importo a nadie. Ni pedo, de cualquier manera los chavos del salón están bien pendejos, las chavas están feas y las bonitas nada más están bien idiotas que no saben ni quien es García Márquez. Pero creo que es lógico, uno entiende la verdad de las cosas. Uno que ve más para allá. Pos que se chinguen los culeros, ora que se encuentren a otro para fungir mi rol, que yo me voy pa la chingada.

viernes, 9 de abril de 2010

Avioncitos de papel


Recostado en el suelo con la mente que se ha ido hasta el otro extremo del mundo. La sangre escurre lentamente, puedo sentirla caliente en las mejillas y  ya fría en mis orejas.  El cielo es hermoso con una textura de nubes dibujando distintas formas, con las tonalidades del atardecer, rojo, naranja, morado y ya empiezan a aparecer unos nubarrones oscuros del otro lado. Que mejor momento para estar así, sin pensar en nada, viendo como los niños arrojan sus avioncitos de papel. Volando como un avión de papel, que se lo lleva el cielo.