miércoles, 21 de abril de 2010

Todo está perdido (4 de 5)

 



No pude alcanzarla sino hasta el siguiente “claro” en medio de una plaza. Ella se detuvo frente a la fuente debajo de un poste con farol, un cigarro en sus labios y me miró directamente a los ojos, una mirada que sentí que me atravesó, Entonces, tú quieres que te la chupe ¿no? Me dijo, pero no podía ser ella, esa no podía ser Ángela. Pero ahí estaba, se acercó a mí, se arrodilló frente a mí, pude sentir su aliento frente a mi entrepierna. Laura no está, puedes hacerme lo que quieras. Puedo aparentar que fui un santo, que nada pasó. Pero siendo honestos, lo primero que hice fue lanzarme a besarla, ahí, en medio de todo y de nada. Me recosté sobre ella en el suelo helado y ella me abrazó con sus piernas, me excitaba con sus frases soeces, me besaba detrás de mi oreja y mi cuello, era como si supiera cómo me gustaba hacerlo, era como si la química entre ella y yo fuera perfecta.
Después de que ella tuviera (fingiera, tal vez) dos orgasmos, me corrí dentro de ella, estaba reposando cuando pude escuchar los pasos de alguien que corría hacia nosotros, apenas pude girar mi cara para mirar a Noel cuando éste me pateó en las costillas haciéndome rodar por encima de Ángela. Estaba seguro de que por lo menos me daría una paliza antes de dejarme levantar, sobretodo por que yo todavía tenía los pantalones abajo, pero en lugar de eso se quedó frente a Ángela, como esperando una explicación. Yo sólo me tendí en el suelo, alejándome lentamente esperando que me atacara, pero en lugar de eso comenzaron a discutir.
—Puta tenías que ser, no podías aguantarte las pinches ganas.
—Claro, como tú no me tienes bien atendida, siempre con tus celos y nunca tienes cabeza para mis necesidades.
—¿Tus necesidades? Coger y coger, eso es en lo único que piensas.
—Claro que no, te quiero Noel y tú nunca te das cuenta de ello.
—Y me quieres tanto, que vienes y te coges a este pendejo— En ese momento se acordó de mí, volteo a mirarme, pero siguió discutiendo con ella— No tienes madre.
—Claro que sí la tengo, pero tú no entiendes. Yo te quiero a ti, sólo quiero que te des cuenta de eso.
—Si en verdad me quieres, demuéstralo.
—Está bien, quiero tenerte dentro, amor, quiero ser tuya solamente, que me tomes como nadie más me ha tomado, quiero, te quiero a ti.
Me cuesta trabajo contar lo que sucedió después. Cada vez que lo revivo en mi mente, muero un poco, tal vez sólo mis neuronas mueran un poco y me quede tan loco que ya no tenga que recordar. Pero eso todavía no pasa, sino fuera por las cosas que sucedieron después. Pero bueno, la cosa fue así, ellos estaban discutiendo, yo me aleje lo suficiente para correr y escapar en medio de la neblina en caso de ser necesario, pero de cierta forma no lo fue. Ángela estaba diciendo estás últimas palabras cuando sacó de sus ropas un cuchillo largo, el cual nunca he entendido como escondió de mí o por qué lo cargaba; lo alzó en el aire, lo bajó rápidamente y cuando ya me hacía a la idea de ver a Noel sangrando a borbotones, ella giró su muñeca y se lo encajo a sí misma en el vientre, luego de eso comenzó a subirlo, lentamente pero firme, fue abriéndose poco a poco ante mi mirada estupefacta y la sonrisa de Noel, por que debo decirlo, Noel estaba sonriendo al por mayor, era como si hubiera estado esperando eso. Después de abrirse desde el vientre hasta sus pechos, Ángela repitió que era suya, que no podía estar con nadie más, que lo quería dentro, Noel sacó su miembro, lo depósito en medio de la nueva abertura, entremezclándose con todo lo que salía. Ángela no aguantaba más, mientras el se sacudía frenéticamente, llenándose de sangre, de vísceras, del amor de su mujer. Cuando Ángela estaba a punto de desfallecer, puso el cuchillo en la mano de Noel y al no poder hablar, gesticuló un “te amo” mirándolo a los ojos. Este se mató al lado de su mujer. Probablemente fue peor que lo que esta hizo, yo sólo pude escuchar como el cuchillo volvía a cortar a mis espaldas, mientras corría en dirección contraria lo más rápido que podía.
 Después de eso, todo se vuelve confuso, recuerdo haber volteado un par de veces sobre mi hombro, que corrí como loco hasta que me ardía la garganta y los pulmones, tropecé un par de veces sólo para levantarme y seguir corriendo, incluso recuerdo haber visto un par de veces a esas personas sombra, al menos creo que debí haberlos visto. Sólo recuerdo que cuando recobré un poco la conciencia me tope con una silueta extraña. Tenía mucho miedo, no sólo de que a la neblina le gustaba jugarme bromas con sus espejismos, sino de que hubiera algo más allá de ella, algo que en verdad me hiciera temblar hasta los huesos. Entonces apareció ella.
Era Laura, aunque no lo parecía, estaba en medio de un rebozo hincada y con el cuerpo haciendo una joroba. La llamé por su nombre, pero ella ni siquiera se inmutó, parecía estar ocupada como si tuviera algo en sus brazos. Era difícil distinguir pues al estar agachada la neblina me dificultaba aún más la visión. Me acerqué con recelo, estaba todavía seguro de que todo lo que había pasado con Ángela y Noel no podía ser real. Ella y yo nunca nos acostamos, ella no se suicidó por que él quiso, él nunca se volvió un maniático agresivo y se destrozo el cogote. Pero tenía que sacarlo, decírselo a alguien y ahí estaba Laura que no quería escucharme. Me acerque, llamándola por su nombre, recuerdo que le dije algo como “Laura, tengo que decirte algo” o “Laura, Ángela y Noel…” lo cierto es que ella no volteo sino hasta que tuve mis piernas justo enfrente de su rostro. Ella se limito a levantar el rostro, dejando al descubierto el bulto que llevaba en sus manos. Era una especie de feto, como si alguien hubiera abierto un frasco de formol de la escuela de medicina y lo hubiera depositado en los brazos de la que fuera mi esposa. Es nuestro hijo, me dijo, ¿No te parece hermoso?, me preguntaba mientras yo estaba en shock. Cuando quiso acercármelo y me pidió que lo besara no pude más, corrí de nuevo, ni siquiera recuerdo en que dirección, en realidad no recuerdo nada de lo que pasó después hasta que llegue al Hotel. Bueno, salvo lo de Alberto.
La cosa fue que de repente estaba en el suelo. Alberto estaba sobre mí. Creo que me golpeaba la cara. No estoy muy seguro de que fue lo que pasó. Creo que yo iba corriendo como loco por todo San Luisito cuando Alberto me sorprendió en una esquina, me derribo por sorpresa al golpearme con su brazo apoyando todo el peso de su cuerpo y luego de eso lo tenía encima. Recuerdo que estaba sobre mí y me decía que era un egoísta, que siempre lo había usado y que sólo pensaba en él como un pobre diablo solitario que no podía poner en orden su vida. Dijo que me burlaba por que él nunca había podido tener una esposa. Que yo sólo lo veía como el amigo rico que te apoya cuando necesitas y cuando no, lo mandas a la mierda. Que por mi culpa, por mi crisis y esas pendejadas él ahora estaba ahí cuando podía haber hecho mierda y media en cualquier otro lugar. Todo esto me lo dijo mientras me golpeaba una y otra vez la cara. Después no supe que fue lo que pasó. Ni siquiera puedo decirte que fue verdad o que no, lo único cierto es que recuerdo como Alberto estaba en el suelo desangrándose por una herida causada por un cuchillo, el cual seguía encajado en su pecho y que yo me levanté para perderme otra vez en la niebla.
Llegué al hotel. Como dije en esos momentos mi sanidad mental simplemente había dejado de existir por completo. Yo estaba perdido, completamente perdido y la única idea que tenía en la cabeza era el salir de ahí, de San Luisito, de la niebla, de las muertes, de mis amigos. Sólo tenía que llegar al hotel para correr a la habitación 203 coger la llave de la camioneta y conducir como si no hubiera un mañana. La cuestión fue que el hotel estaba abierto, que no había nadie en la recepción pero las luces estaban encendidas, que subí al cuarto y busqué la llave que milagrosamente seguía entre mis ropas, las cuales estaban sucias, rotas y llenas de sangre; que abrí la puerta y que me encontré nuevamente a Laura, otra vez con el “bebé”.
Entré al cuarto lentamente, temiendo hacer ruido, sólo quería tomar las llaves e irme, sin explicaciones sin despedidas, ella no era Laura, lo sabía, no podía ser ella y claro que ese… esa cosa no sería nuestro hijo. Ella estaba junto a la cama, arrodillada como la había visto antes, pero dándome la espalda, hacía una especie de ruido, como cuando alguien truena los dientes mientras duerme, creí que lo mejor era irme, olvidar el tiempo que habíamos pasado juntos y dejarla a ella junto con todo eso. No podría llevarla conmigo, estaba seguro. Para mi mala suerte, cuando cogí las llaves ella volteó, tenía la boca negra, escurría sangre por sus comisuras pero era tan viscosa que bien podía haber sido petróleo puro, sólo entonces lo noté, estaba mordiendo al pequeño feto por el cuello y al parecer ya se había comido parte del hombro. Di media vuelta y con las fuerzas que aún me quedaban corrí por el pasillo, pude escuchar claramente cuando ella decía “lo sé hijo mío, tu padre no te quiso, pero no te preocupes yo voy a cuidarte, tu mami nunca te dejará, no tu mami nunca nunca te dejara” y después como crujía un hueso de manera estruendosa.
Estaba justo en frente del hotel con toda la intención de tomar la camioneta y manejar como no hubiera un mañana cuando la amable población de la ciudad decidió darme la bienvenida local. Ahí estaba lo que debía ser todo el pueblo, al parecer me habían estado esperando. Probablemente ellos lo sabían, probablemente todo fue una broma cruel. No pude distinguirlos, como bien lo había dicho Alberto, eran gente sombra, todos iguales. Ni siquiera podía mirarlos directamente, era como si mi cordura fuera cuestionada al pensar que estaba mirando de frente a una persona y ni siquiera podía reconocerla. De cualquier manera, después de lo que había visto, de lo horrible que era San Luisito, lo último que esperaría sería ver que pensaban hacer conmigo. Fue la última vez que vi la camioneta que estaba detrás de ellos, corrí en dirección contraria, a perderme otra vez en las calles y callejones de San Luisito. Esta vez con compañía.
No logro comprender que carajos eran esas personas. Sé que no eran humanas, pero la gente sombra ni siquiera se parecía a los fantasmas de antaño, a esas leyendas que hemos escuchado toda la vida. Ellos más bien eran parte de la ciudad, San Luisito que quería saludar, que movía los dedos de sus manos en torno a mí, como un niño jugando con su presa. Eso eran los habitantes sombras, sólo una parte de esa horrible ciudad. No sé por que me escogió a mí, no quiero saber por que a mí no me destrabó la mente o tal vez su forma de hacerlo fue más sanguinaria. Estoy seguro y eso lo sé que eso, lo que fuera que estuviera ahí, en San Luisito fue lo que tomó a Laura, a Alberto, a Ángela y a Noel y los convirtió en eso. Como si se los hubiera comido por dentro, como si todo hubiera ocurrido mientras yo me encontraba inconsciente.
San Luisito se divertía conmigo, me hacía correr por sus callejones, sabiendo que no tendría escapatoria, que sólo era cuestión de tiempo para que sus habitantes me alcanzaran y después… No quería pensarlo, no podía pensar, mi mente ya no trabajaba, era sólo un autómata que corría sin poder detenerse, el dolor y la preocupación habían desaparecido, sabía que moriría, a cada vuelta que daba veía a gente sombra que iba a por mí, en cada callejón, saliendo de las ventanas, de las puertas, de la neblina, en cualquier punto encontraba más y más habitantes que me iban cortando los caminos. Era como una gran cacería a un pequeño ratón y yo estaba más que perdido. En esos momentos deseé haber terminado de una forma rápida, sólo morir y olvidar todo, pero como dije, cada partícula de mi cuerpo sólo pensaba en correr, no hubo nada más, hasta que me encontré completamente atrapado. Finalmente me habían cortado todo camino y la gente sombra se acercaba a mí. Era claro que sus intenciones no eran buenas. Estuve a punto de rendirme, de dejarme caer y esperar que mordieran mi cuello o me despedazaran y comieran vivo o se llevaran mi alma y me convirtieran en uno de ellos. Estaba perdido, cuando sentí algo en mi interior, una voz que me decía “vamos, tú puedes, no te rindas, casi lo logras” Sólo entonces pude moverme, correr hacia la puerta que todo este tiempo estuvo detrás de mí, Hospital Revelación decía el letrero sobre de ella, una discreta entrada sencilla como una casa común y cualquiera, una clínica tan vieja como el pueblo. La puerta estaba abierta y mientras me abalanzaba dentro y trataba de cerrarla pude sentir las manos que querían entrar. Sacando fuerzas de flaqueza la cerré, puse el seguro e inmediatamente después corrí a coger lo más pesado que encontré para atrancar la puerta. Ni siquiera recuerdo si fue un sillón o un librero, pero me quedé ahí, mirando absortó mi pequeña barrera que sería inútil: habría otra puerta, derribarían esta, entrarían por el techo o simplemente saldrían de las sombras que estaban atrás de mí. Iba a morir y no podría evitarlo. Me recosté junto a la puerta, esperando mi final. Cerré los ojos y deseé que todo acabara.

2 comentarios:

Wikernes dijo...

Voy a expresarme con la fría honestidad que me caracteriza: ya sabes la hueva que me dan las historias morránticas, así que tomando como referencia la imagen de cuyo nombre puedo acordarme comencé a leer y... solo el principio, acabo de recordar a la amiga Isabel, jejeje, no sé si ya la conozcas.

Eco dijo...

Estoy de acuerdo en la honestidad que te caracteriza.

Hice el experimento para entenderte y sí, si empiezas a leer la parte 4 parece que fuera una historia "romántica", pero creo que está mal que juzgues una historia por sólo una pequeña fracción de esta. La descontextualizas... No creo que San Luisito sea una historia romántica.
De hecho, creo que te gustaría la trama si le dieras chance.

No acostumbro caballo negro, no sé, cómo que no me gusta...