sábado, 18 de agosto de 2007

Lucky Break

Estoy por enésima ocasión en el mismo café, tomando la misma bebida de siempre —un capuchino con cinco cucharaditas de azúcar—, con mi libro de uno de mis autores favoritos, “dos crímenes” de Jorge Irbagüengoitia. Apago mi cigarro, para sacar uno nuevo, de mi habitual cajetilla, con la usual marca extranjera, todo para recibir un espectáculo, que lleva días siendo casi el mismo: verla a ella. Ella se encuentra en el edificio de enfrente, fumando de sus cigarros, mentolados, de otra marca extranjera, viendo las mismas noticias catastróficas en el periódico de siempre. Yo finjo leer, mientras imagino como me besarían sus labios, que se sentiría tocar uno de sus senos, amanecer con ella; con ella sin maquillaje, sin medias, sin su típica minifalda, así: naturalita. Ella llega siempre a la misma hora, a las diez de la mañana y como siempre, soy de los pocos clientes en el café de enfrente, hace demasiado frío como para estar en una mesa al aire libre; pero todo sea por ella (por ellas), aunque no sepa quien soy (aunque mal paguen).

Cambia de hoja del periódico y da un sorbo a su café; mientras tanto, yo, imagino las palabras con las que voy a dejar sacar mis secretas intenciones: “Hola, no me conoces, ni yo a ti, pero te he visto demasiado y quería que dejáramos de ser extraños, tu eres… y yo, yo soy Eco, soy el eco que besara tus pasos, el eco que aprisiona tu aliento y que atesora tus recuerdos. El eco, ese que sentiste aquella noche, en que uno de tus orgasmos intelectuales llego misteriosamente, sin previo estimulo. Soy tu eco, y tu no te habías dado cuenta, amor mío.”

Ella me invitará a su casa, diciéndome que soy lo que ella siempre había deseado, con mi cabello negro, mis ojos oscuros, mi espíritu rebelde, mi capacidad de retraerme del mundo y nuestra compenetración sexual, que no tardara en descubrir. Entraremos a su hogar, descubriendo que tenemos los mismos gustos, nos encanta la misma música, ambos acostumbramos escribir, leemos y nuestros autores favoritos coinciden; incluso, ella es noctámbula como yo y en cuanto a romanticismo es igual, incluso, más romántica que mi persona.

Pasamos a su cuarto, ignorando el típico recorrido por la casa, ella me confiesa que durante meses había estado deseado hablarme y conocerme, pero dudaba en lo que yo pudiera decirle, incapaz de soportar el rechazo. Amor, nunca te rechazaría. Ella acepta mis palabras como una verdad universal, adornándolas con un sello personal, único, diferente y delicioso, demasiado complicado, a pesar de sólo ser un aglutinamiento de labios y lenguas. De ese beso surge todo, por ese beso, sus ropas caen al suelo, por ese beso, me importa poco desnudarme ante ella, a pesar de ser un poco obeso y tener una que otra cicatriz desagradable; así, como creer que estaba enamorado de otra mujer segundos antes de pararme de la mesa del café; le muestro todo, tanto así como los rincones de mi cuerpo que se esconden hasta del sol, como todas las verdades que cruzaron mi mente desde la primera vez que la vi hasta este momento. Ella me corresponde, no sólo abriéndome la verdad de su existencia, de sus ex amantes, de su ciudad natal, mostrándome su lunar coronando su dulce espalda, así como esa cicatriz que tiene en su rodilla por un accidente de la infancia; sino también, abriéndome sus piernas.

Ora le masajeo un pecho, mientras le digo cuanto la he deseado; ora me acaricia en la entrepierna, diciéndome que ella me esperaba igual. Mientras la embisto cada vez más intensamente, ella comienza a arañarme la espalda, a morderme, conteniéndose por no gritar; yo a su vez respiro su cabello, cuidando muy bien el recordar su esencia, contemplo su cara, con muecas cada vez más entusiastas por el orgasmo que se acerca, su respiración se vuelve entrecortada, mientras me dice cuanto me quiere o me dice cosas sucias, cosas excitantes o cosas sentimentales, mientras ella se convierte en una santa o en una puta, ella termina convirtiéndose en Ella; mientras yo, la penetro dulcemente o salvajemente, la desgarro o la froto con delicadeza, la araño o la sobo, le digo que la amo y le digo que la odio, termino convirtiendo en esa mítica figura que ella siempre espero, termino siendo Él.

Ella me dirá que me ama, como una exhalación, al momento de llegar su orgasmo; esto sólo unos segundos después de que yo le haya dicho lo mismo, mientras mi esencia llega a sus entrañas. Su respiración comenzará a regresar a la normalidad, mientras mi esencia se torna flácida; su cara reflejará una agradable sonrisa, mientras yo recordaré una estúpida cancioncita que repentinamente llegará a mi cabeza; ella me preguntará por enésima vez que si la amo… yo le contestaré, como siempre, que la amo y que no quiero vivir sin ella. Nos separaremos, nos recostaremos en su cama y nos dormiremos y nos soñaremos el uno al otro.

Para este momento, ella ya esta pagando su cuenta, yo apago mi cigarrillo, tomo mi libro, me paro de la mesa (ya habiendo yo pagado la cuenta), la veo salir y comienzo a seguirla. Al llegar a la esquina de la calle, la alcanzó y le hago la pregunta —Disculpa— ella voltea a verme con cara de sorpresa, seguramente por reconocerme, cosa lógica después de tantos días de haber estado “frente a ella” — ¿Tienes fuego?

1 comentario:

Pequeña Saltamontes dijo...

Me gustó esto ¿sabes?

Algunas veces he querido escribir cosas así, pero lo olvido.

La próximas vez que tenga una idea parecida la dejaré fluir.